domingo, 29 de noviembre de 2009

¿Qué hacemos en Afganistán?


Os invito a leer una columna de Irene Lozano en ABC. La foto es de un joven Felipe González haciendo la mili.


¿Cómo saberlo si ignoramos para qué estamos allí? Al principio, la ocupación de Afganistán se motivó en la captura de Osama bin Laden. Después, la invasión pasó a inscribirse en la guerra contra el terrorismo, un conflicto interminable que obliga a una misión perpetua. No obstante, el objetivo parecía poco ambicioso, de manera que la OTAN, la ONU, los gobiernos americanos y los europeos, añadieron otro más: hacer de Afganistán un paraíso de libertad y democracia. Como el país es sencillito -total, sólo han salido derrotados de allí dos imperios, el británico y el soviético- aún pensaron en aprovechar el viaje para liberar a las mujeres afganas del yugo islámico. Y es posible que olvide algo, teníamos tantos planes para Afganistán... Por desgracia, a estas horas no tenemos ninguno. Y eso no es lo peor. Si fuimos para apresar a Bin Laden, hemos fracasado y si lo hicimos para acabar con el terrorismo, también. Si los soldados marcharon en pro de la liberación de las mujeres afganas, siguen viéndolas por la celdilla del burka, y en el caso de que fuéramos para implantar la democracia, acabamos de legitimar un fraude gigantesco de nuestro viejo amigo Karzai. Ahora dice Carme Chacón que irán 200 soldados más y se quedarán cinco años. Pero ¿para qué? Pónganos un objetivo elevado, señora ministra; añada un fin sublime, ya ve qué poco cuesta. Y sin embargo, 1.000 hombres durante cinco años para sostenella y no enmendalla, son muchos hombres y muchos años.

60.000 personas a examen para Policía Nacional

viernes, 27 de noviembre de 2009

Los caballos de Canetti


José María Ridao en El País.

Una de las mayores incógnitas políticas es dónde desembocará esta sensación cada vez más generalizada de estar llegando al límite. Al límite de un debate público bronco y banalizado, al límite de unas polémicas entre partidos en las que la realidad es sólo un remotísimo referente, al límite de los casos de corrupción, al límite, incluso, de las columnas que, como ésta, declaran que se está llegando al límite.
Cuando, al hacer balance de lo que ha dado de sí la política española durante una semana, se alcanza la desengañada conclusión de que no hay mucho que decir, lo mejor sería guardar silencio. Pero, como señala Elías Canetti en una frase que suele repetir Miguel Ángel Aguilar, la voracidad del espectáculo acaba convirtiéndonos en caballos que se alimentan de su propio galope. Y entonces hay que escoger uno de dos caminos, o reincidir en asuntos sobre los que ya se ha dicho todo, desde lo más inteligente a lo más necio, o chapotear en los nuevos señuelos con los que unos tratan de ocultar que gobiernan de aquella manera y otros que tienen la casa sin barrer y que, por descontado, no están ni remotamente dispuestos a barrerla.

Flaubert confesó que, con Madame Bovary, se propuso escribir una gran novela sobre los asuntos banales de una adúltera de provincias. Es exactamente lo contrario de lo que en España sucede ahora: los asuntos capitales sirven de materia para el guión mediocre de una previsible gresca de patio de vecinos.

Con el agravante de que, encima, no se puede pasar de largo y dejar que se las compongan como puedan. Entre otras razones, porque son conocidas las consecuencias de abandonar el espacio que nos corresponde como ciudadanos, haciendo lo que jamás se debería hacer: abjurar de la política y los políticos, desentenderse de las instituciones democráticas.

Aunque es probable que ya nos hayamos olvidado, éste fue un país que creyó vehementemente algunas cosas. Creyó que su suerte debía estar unida a la de Europa, abandonando para siempre su condición de reserva folklórica para solaz de viajeros en busca de aventura y tradiciones primigenias. En apenas unas semanas, corresponderá a España presidir la Unión Europea en un momento crítico de su breve historia, pero éste es el momento en que poco o nada se sabe de lo que se pretende hacer y en que nadie parece interesado en solicitar información y explicaciones.

Este país creyó, además, que su atraso no era una maldición del destino, sino una manifestación del mal gobierno. Ante una crisis económica como la que padece el mundo, y que en España está teniendo efectos multiplicados y devastadores, lo único a lo que se asiste es a una reiteración de eslóganes risueños o catastrofistas, dependiendo del lugar que ocupen los respectivos portavoces.

A poco que se haga la prueba, no es difícil imaginarlos disfrazados como aquellos antiguos misioneros que iban de aldea en aldea prometiendo el cielo o amenazando con el infierno, según temperamentos y humores. Tan pocas razones, y no digamos estrategias, aducían para que el destino de las almas se inclinase hacia un lado o hacia el otro que, en el fondo, bien podrían ser los precursores de los responsables políticos que hoy se encaraman a la tribuna para lanzar eslóganes económicos que no buscan liderar la recuperación, sino crear quiméricos estados de opinión en favor de intereses electorales.

Y este país creyó, también, que el poder caciquil y corrupto que alentaron la Restauración y la dictadura no estaba inscrito en ningún código genético, sino que era resultado de considerar las leyes como obstáculos a sortear, no como imperativos absolutos. Hasta el punto de que Karl Marx definió a España como el país de Europa con más leyes y donde menos se cumplían. Frente a la proliferación de escándalos en los últimos tiempos, aún hay quien se atreve a proponer más leyes todavía, como si fuera preciso recordar por ley que no se pueden desviar fondos públicos hacia las arcas de los partidos ni tampoco de los bolsillos particulares.

Por más que se generalice la sensación de que estamos llegando al límite, las cosas en que este país creyó siguen vigentes. Y además, y a diferencia de lo que ocurrió tantas veces en el pasado, dispone de las herramientas imprescindibles para alcanzarlas, como son un régimen democrático y un nivel de desarrollo capaz de conjurar cualquier tentación de fatalismo.

Podemos, sin duda, seguir alimentándonos de nuestro propio galope, como los caballos de Canetti, y llevar el debate público hasta extremos de miseria inconcebibles. Pero las cosas que importan, y en las que este país creyó, están todavía ahí, exigiendo una respuesta.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Fauna ibérica totémica


Joseba Arregui en El Periódico de Catalunya.

Tomar como referencia la península Ibérica significa hablar de la piel de toro. Esa referencia animal lleva directamente al otro término del título, a la fauna. La fauna ibérica se encuentra peleada. O, mejor dicho: las divisiones que se dan en España hoy se simbolizan por medio de referencias al mundo animal, una especie de división de la piel de toro en nichos ecológicos en los que no reina la variedad de las especies, sino solo una especie de forma dominante.
No cabe duda de que algunos, en Catalunya, preferirían no estar incluidos en la piel de toro, aunque tampoco su espíritu geométrico daría como para exigir la inclusión en el hexágono francés, pero sí para reclamar ser reconocidos como cuña entre la animalidad ibérica y el espíritu geométrico francés. Y ello a pesar de que para afirmar su desacuerdo en que sea el toro –el de Domecq, el de la mitología o el de las corridas entendidas como fiesta nacional–el que les represente simbólicamente en este intento por resucitar el sistema totémico, prefieren dejarse representar por el burro.

Es conocida la tendencia de estos animales a resistirse a las órdenes de quien les quiere dirigir. Son animales empecinados, muy independientes, de no fácil apareamiento –lo que puede explicar, en parte, además de las razones tecnoeconómicas en la agricultura, que haya sido declarado en peligro de extinción– y de difícil gobernación. Es decir: usando un término español muy castizo, son muy cazurros.
Pero, hete aquí que a algunos catalanes les gusta el término de cazurros para designar a los mesetarios, que son todos los que encuentran algo criticable en las posturas políticas derivadas del catalanismo. En el caso de la identificación de los catalanes con los burros, parece que no llega a asumir todas las características del animal totémico.
No parece, tampoco, que los mesetarios estén a favor de una plena identificación con las características de su animal totémico, el toro. Pasa este por ser un animal noble, de buena planta, bravío, de raza pura, criado para responder con esas cualidades en el albero, a las cinco en punto de la tarde. No parece que la chapuza, la impuntualidad, el desaliño y otras características provengan de la identificación totémica con el toro.
Los vascos han optado por la identificación con la oveja. A pesar de que malas lenguas desconocedoras de la verdadera historia dicen que el toreo a pie tiene mucho que ver con los vascos, la verdad es que muchos vascos tampoco se sienten identificados con el toro. Y han preferido, ahora que la matrícula de los vehículos no da cuenta de la identidad etnolingüísitica del propietario, pegar una oveja, o varias, en la parte trasera del coche: para que se sepa que dentro va un vasco. Un vasco que tiene como animal símbolo a ese animal que, si bien cuenta con una raza específicamente vasca, la oveja latxa, no es precisamente el más específico de la tierra vasca. Quizá los sorianos –Soria pura, cabeza de Extremadura, indicador del punto de partida de las cañadas reales y símbolo de la trashumancia hispana– tendrían tanto o más derecho que los vascos a reclamar ese tótem identificatorio.
Ignoro si los vascos que recurren a la oveja como animal de identificación valoran la tendencia a la masa de esos animales, su ser gregario, su necesidad de cambiar de pastos en invierno y en verano, o es el recuerdo de que los puertos vascos vivían del comercio de la lana castellana que partía rumbo a su elaboración en tierras de Flandes.
Los madrileños todavía no parecen haber dado el salto a desligarse del toro para reclamar el oso, aunque quizá entonces se encontraran con la oposición de los asturianos. Tampoco los extremeños parecen haber sentido demasiado interés en recurrir al cerdo como animal totémico de identificación. Y el presidente Revilla, de Cantabria, podría encontrarse con una oposición de los vascos si eligiera como su animal totémico a la anchoa: los vascos han elegido a la oveja, pero en su voluntad soberanista eso no significa que hayan renunciado a la anchoa como animal con el que poder identificarse.

Es más: en esta piel de toro que es la península Ibérica, en esta España que algunos representan incluyendo a un toro en la enseña constitucional, ha aparecido las últimas semanas un animal que no parece muy de estas tierras: el alacrán. Por un tiempo, este animal más bien exótico ha tenido el poder de unirnos en la preocupación por ver liberados a los tripulantes del atunero.
Y todo este animalario, esta fauna ibérica, vive en una tierra que, según dicen quienes lo saben, incluye a los conejos en su nombre, pues no otra cosa debe significar Hispania sino tierra de conejos. Teniendo ese trasfondo histórico y terminológico, es de comprender que, al final, los habitantes de esa tierra hayan terminado eligiendo sus animales totémicos específicos. Esperemos que en esta granja orwelliana en la que todos son iguales no aparezcan los cerdos afirmando que son más iguales que todos los demás. Y no me refiero a los extremeños.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Las relaciones entre profesores y alumnos hoy en día

Allí, para siempre


Alfonso Ussía en La Razón.

«Miré al cielo y todo estaba negro. El negro del cielo se unía con el negro de los tejados de las casas. Eran las doce del mediodía y la luz, o la falta de luz, era de noche negra. Busqué refugio en una taberna, y la cerveza que bebían los clientes, era cerveza negra. Estaba en Belfast». Esta agradable y generosa descripción se debe al talento de Robert Linley, un modesto escritor ingles de historias de viajes domésticos. Nuestros cielos cantábricos, desde los vascos a los gallegos de la cornisa norteña, aún en días de galernas, vientos noroestes locos y panzas de burro estáticas y lluviosas, son luminosos si los comparamos con los de Irlanda del Norte. Se trata de que Iñaki De Juana Chaos sea extraditado a España o no. José Antonio Vera escribió días pasados en este periódico un sagaz artículo titulado «Mejor que no vuelva». Un juez irlandés tiene en sus manos la decisión. Los abogados del criminal que ha penado en España menos de un año de cárcel por cada uno de sus crímenes, han comunicado al juez que, de volver a España, De Juana Chaos podría caer en una profunda depresión que le llevaría a la muerte. Otro chantaje más. Curiosa depresión en quien ha asesinado a veinticinco inocentes. Pero aún así, me uno a la opción de Vera. Mejor que no vuelva. En Belfast para siempre.
Si De Juana volviera a España, cumpliría o no, una breve pena de prisión. Y en unos pocos meses estaría libre. Sería el héroe de las «herriko-tabernas». Le invitarían a pinchos y chacolí, al menos durante unas semanas. De Juana y su chica, Irati Aranzábal, no podrán vivir nunca como una pareja normal. Estarían en tensión y agobio hasta en su propia casa de San Sebastián. Pero mejor el agobio en San Sebastián que la tranquilidad en Belfast. Iñaki De Juana, el asesino, ha sido tratado en las cárceles españolas como un pachá. Chantajeó al Gobierno con unas alimentadísimas huelgas de hambre. Fue vergonzosa moneda de cambio del «proceso de paz» montado por Zapatero y Batasuna. Las autoridades penitenciarias le permitían, de acuerdo con sus antojos y apetencias, compartir con Irati toda suerte de quiquis y sucedáneos, con el mérito de que ni uno ni la otra asistieron nunca a los talleres de masturbación de la Junta de Extremadura. De Juana comenzó a sentirse preso con su libertad. Y a experimentar la inseguridad en sus largos y chulescos paseos donostiarras. Sus amigos terroristas del IRA le encontraron en Belfast el nidito de amor que exigía su nueva condición de casado. Y tanto ella como él, están hasta las narices de Belfast. La depresión le ha sobrevenido por amanecer en Belfast un día sí y otro también. La recuperación del asesino será un engorro para todos. Mejor que no vuelva. Para un español, y el canalla de De Juana lo es aunque no quiera serlo, la libertad en Belfast es más cárcel que la prisión en cualquiera de los centros penitenciarios de España. No he conocido a nadie que prepare con ilusión un viaje a Belfast. Sabino Arana eligió Lourdes para su viaje de novios. Sabino buscaba un milagro que no se produjo. Poder consumar su matrimonio. De Juana creyó encontrar en Belfast su libertad inmerecida. Que la disfrute, si es que en Belfast se disfruta la libertad. Y que no vuelva. Que se muera allí.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Sancho Panza y el Coto de Doñanna


Tomás Cuesta en ABC

CONFIARLE una comisión de delincuentes la reforma del Código Penal sería un disparate mayestático. Confiar en que, merced a los políticos, la corrupción política desaparecerá del mapa es igual de insensato y, aún así, en ello andamos. Un vendaval de regeneracionismo ha llegado a rebufo del huracán de los escándalos. Los prontuarios éticos se venden como churros y los de buenas prácticas te los quitan de las manos. Todo vale si es menester remediar honras y remendar virginidades. El que esté libre de chorizos que arroje la primera butifarra. Que levante el cayado aquel pastor que no haya tenido un lobo en el rebaño. Total, que, como a la fuerza ahorcan, a diestra y a siniestra se entona el mismo salmo. Contra el que roba, escoba; contra el que trinca, tranca. El farol, de tan obvio, resulta tabernario. Corruptos y «corrutos» volverán a la carga en cuanto el chaparrón escampe. A la carga o al cargo.
Marco Terencio Verrón -que era tenido en Roma por el más erudito de los ciudadanos- quintaesenció la función pública en un luminoso juego de palabras. «Onus est honos», un cargo es una carga. Servir al bien común es un empeño virtuoso, mas la fortuna y la virtud, según decía Sade, son irreconciliables. Los próceres de hoy día, sin embargo, no vacilan cuando hay que de echarse el peso de la irresponsabilidad a las espaldas. Tal es el caso de la señora de Montilla, que -aunque no sea el único y tampoco el más grave- se puede considerar paradigmático. Doña Anna Hernández es una socialista tan sociable que ha encontrado asiento en los consejos de catorce sociedades. ¡Ahí es nada, monada! Semejante derroche de laboriosidad confiere a su gestión una aureola legendaria. Hércules, a su lado, nunca dio un palo al agua; el camarada Stajanov fue un vago de remate. No obstante, hay quien alberga la sospecha (que linda con la duda razonable) de que se trata de un episodio agudo de bulimia cargante; que la mujer del César ni es casta ni es cauta; que el espejismo del oasis catalán intenta perpetuarse en el Coto de Doñanna.
A fin de poner coto al comadreo y amortiguar futuros descalabros, el «Molt honorable» mandamás de la plaza de Sant Jaume se ha comprometido a suscribir un riguroso «contrato de servicio» entre los administradores y los administrados. Tras su entrada en vigor, la servidumbre reprimirá las ansias de colmar el cazo; se abstendrá de sisar; no pimplará a escondidas y no distraerá los cubiertos de plata. ¡Cómo se nota que el «president» Montilla prefiere la zarzuela a la sardana! Se negará a reconocerlo, por no posar de rancio, pero es innegable que el tongo servicial se estrenó en «La Gran Vía» con cadencia de tango. «Pobres amas/ las que tienen que sufrir/ a esas truchas/ de criadas de servir;/ porque si una no tiene/ por las mañanas mucho de acá,/ crea usted, caballero,/ que la dividen por la mitad». Ahora, sumándole el tres por ciento, el unte y los recargos, la harían cuartos en vez de demediarla.
Después de transformar a la península en un triste archipiélago de ínsulas baratas, la infame turba de los politicastros se ha encasquetado una bacía quijotesca sobre la desolada vaciedad del cráneo. ¿A qué tanta hidalguía si el referente moral es Sancho? «Desnudo entré en el gobierno, y desnudo salgo», afirmó el escudero al dejar Barataria. ¡Menudo sinvergüenza! Mira que pasearse con la panza al aire...

jueves, 12 de noviembre de 2009

miércoles, 11 de noviembre de 2009

La hora de la sociedad civil


Ignacio Camacho en ABC


EN tiempos de crisis intelectual o moral, que con frecuencia coinciden con recesiones económicas, la democracia se vuelve hacia la sociedad civil en busca de una respuesta capaz de generar nuevas esperanzas. El simple hecho de llamar sociedad civil a la que se organiza al margen de los partidos e instituciones denota una sensible desconfianza respecto de la clase política profesional, contemplada como una secta estamental que reproduce el papel de las antiguas dominancias militares o religiosas. Y no poco de sectario hay, en efecto, en su comportamiento colectivo, enfermo de corrupción y de ensimismamiento. Hace unos dias Joaquín Leguina reflexionaba con escepticismo sobre el tópico de que todos los políticos son iguales; para demostrar que no lo son, venía a decir, convendría que evitasen comportarse de forma sospechosamente similar en la defensa de sus vicios de casta.
El creciente proceso de desgaste o desprestigio de la política convencional que se viene observando en la sociología española debería propiciar un resurgimiento del protagonismo civil que activase la participación democrática; sin embargo, la articulación social al margen de las estructuras institucionales no pasa del estado abstracto porque los partidos y el poder han invadido el territorio político con una vocación excluyente. Incluso la eclosión de una emergente fuerza tercerista como la UpyD de Rosa Díez, que ilusiona a sectores urbanos desencantados de la partitocracia bipolar, se basa en la popularidad y el liderazgo de una figura del establishment fuertemente connotada de profesionalidad política. Las plataformas sociales, culturales o deportivas, los sindicatos y otras esferas asociativas están intervenidas por los poderes públicos a través de potentes redes clientelares y subvenciones diversas que coartan la independencia de su funcionamiento. De alguna manera, a lo largo de treinta años de democracia el poder tradicional se ha asegurado su hegemonía mediante la anulación de cualquier forma de autonomía civil y la subordinación a sus intereses de toda modalidad participativa.
Pero las encuestas son tercas: está creciendo el hastío ante la falta de respuestas. La versión más inane de la socialdemocracia coincide con el momento más lánguido de la derecha liberal, y en esa encrucijada de incapacidades la democracia necesita una válvula de escape para no caer en las tentaciones del populismo. La única vía posible es la de la llamada sociedad civil: foros, plataformas o tribunas de reflexión que escapen del sectarismo y propicien un rearme político y moral de la exigencia ciudadana. Para las clases urbanas, para los cuadros profesionales o intelectuales refugiados en el individualismo, es la hora de volver al debate público y rescatarlo de la esclerosis si no queremos que esa queja creciente languidezca en una pasiva renuncia conformista.

Los extremeños se tocan


http://www.periodistadigital.com/politica/autonomias/2009/11/10/en-plena-crisis-la-junta-de-extremadura-se-gasta-el-dinero-en-una-campana-de-masturbacion.shtml

martes, 10 de noviembre de 2009

lunes, 9 de noviembre de 2009

Corruptos en comandita


Manuel Martín Ferrand en ABC


EL hecho de que Ernest Benach, presidente del Parlamento de Cataluña y notable de ERC, haya nacido en Reus no le aporta ninguna de las notas características de otros hijos ilustres de la ciudad tarraconense. Carece de la pátina heroica de Agustina de Aragón, de la enjundia política del general Prim, de la capacidad creadora de Antoni Gaudí y de la astucia operativa de Antonio Pedrol.

En el mejor de los casos, y por no regatearle ningún mérito, puede reconocérsele la capacidad de hacer reír al prójimo que Andreu Buenafuente ha convertido en oficio. Es un caso este Benach. Anteayer, cuando arreciaban las noticias sobre casos de corrupción en la política catalana, revestido con la púrpura que corresponde a su magistratura, les propuso a los inquilinos eventuales del Antiguo Arsenal de la Ciutadella -el Parlament- un pacto contra «el descrédito de la política». Entre otras cosas, pretende Benach la redacción consensuada de un código de conducta para altos cargos, como si no fuera suficiente la observancia de las leyes y de las normas que establecen la ética y la buena educación.


La corrupción, seguramente inevitable en la vida pública, cursa aquí con mayor intensidad que en otros países vecinos. Es una consecuencia de la partitocracia y, por ella, de la mala calidad de nuestra democracia. No hay partido político que se libre de ella y va desde el uso indebido y privado de un vehículo oficial hasta el escamoteo de millones de euros. La originalidad de la corrupción catalana es que allí los corruptos actúan en comandita. En el resto de España, quizás porque el establecimiento burgués es más escaso y reciente, los golfos van de uno en uno y cuando surge un escándalo desmedido, como el «caso Gürtel», afecta a un partido político aislado. En Cataluña no es así.

El sentido familiar, tan entrañable y definidor de aquella hermosa tierra, les lleva a entender que la familia que delinque unida permanece unida. Como nos demuestran los últimos descubrimientos en la especialidad, existe una solidaridad intermilitante y golfa entre los partidos más diversos. Desde la Banca Catalana hasta hoy, por no abusar de la marcha atrás, sería difícil encontrar un solo caso de corrupción que no afecte, por lo menos, a dos de las formaciones presentes. De ahí que Benach, con responsabilidad institucional, pretenda que la política no se desacredite en lugar de ir al fondo del problema.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Tiempo anecdótico, pueril y pequeño.


Ignacio Ruiz Quintano en ABC


LOS factores preponderantes del desorden social actual son, formulados por Gómez Dávila, la «inquietud intelectual» del tonto y el «deseo de superación» del cuco.
España es su parque temático.
-Un socio de Aznar, un liberal y un hijo de franquista -tituló el periódico de Zapatero el caso Pretoria, penúltimo incidente económico entre familiachas políticas.
Siempre se ha dicho que el clima público de España produce tontos y locos, y al final, unos políticos -variantes de la anormalidad- que suelen comenzar haciendo locuras y terminan haciendo tonterías.
Ruano se deprimía porque sus amigos llamaban a su puerta y hablaban: Crisis... Huelga general... Revolución... Don Alejandro... Prieto... Los de la Fai... Melquíades... Maura...
-¡Ah, qué fastidio! Ninguno viene a decir: ¡Amor! ¡Amor! ¡Amor! ¡España! ¡España! ¡España! ¡Dios mío, sálvanos, antes de que ninguna cosa, de la chabacanería, de la estupidez, de este tiempo anecdótico, pueril y pequeño!
A cada nueva escandalera, el columnismo zen se pone farruco y exige que se ponga coto a la corrupción política. ¿Coto a la corrupción política? Nada más sencillo: diputados de distrito, elección directa del presidente y separación absoluta entre poder judicial y poder político. Pero entonces tendríamos una democracia, no esta partitocracia, o democracia «faisanada», cuya esencia es la desfachatez y en la cual sólo una tenue línea, inapreciable para el bárbaro o votante, separa la podredumbre del refinamiento. Garzón en la Justicia y Rubalcaba en la Política son la espuma de una sociedad con cinco millones de parados hechos para no tener dinero y pasarlo bien.
-La crisis económica se nota mucho más en Hollywood porque la gente está constituida para trabajar y ganar dinero, y cuando no trabaja es algo horrible, no sabe lo que hacer -decía Edgar Neville, recién llegado del Hollywood del 29-. Por eso allá no hay cafés. Pero esta nación, este Madrid, está hecho para no tener dinero y pasarlo bien.
Pasarlo bien. Ésa es la cuestión.
Tenemos al apuesto juez Pedraz yendo y viniendo con la clavícula de un pirata somalí como Cary Grant en «La fiera de mi niña». Tenemos al socialista Alonso, otro juez apuesto, halagando los bajos instintos de la chusma con la mentira de que van a apretar el cinto a los futbolistas ricos. Tenemos al ministro Rubalcaba «tenebroseándonos» la vida con el sistema Sitel, «para proteger a la gente». Tenemos al bello Vera, tirando de Gracián para justificar la infamia infinita del «Faisán». Y tenemos a los «pepitosnakens» (hijos, sin saberlo, de Pepe Nakens, el santo laico del republicanismo clerófobo) chapoteando gorrinamente en la gedeonada de un tribunal de derechos humanos (?) de Estrasburgo que juzga «ofensiva» a la cruz.
Gómez Dávila:
-Lo inaceptable en los «derechos del hombre» es el nombre.

jueves, 5 de noviembre de 2009

La política cultural "socialvergente"


Félix de Azúa en El País.


Nos guste o no, lo admitan o lo nieguen los responsables administrativos, el Estado impone sus criterios a la producción cultura] de un país por muy liberal que sea su Constitución. El Estado es el único financiador serio y sistemático, y aquello que elige para financiar responde a una multitud de factores; pero siempre es posible trazar uña recta a partir de muchas líneas en zigzag, y esa recta es la política cultural del Estado. Los actuales administradores del dinero cultural actúan bajo un imperativo ideológico típico del progresismo. Dicen que no son ellos quienes deben dirigir la producción cultural; que ésta ha de ser espontánea, de manera que sólo requiera una discreta activación de los puntos más sensibles. Este prejuicio es nefasto. En primer lugar se trata de un deseo, y, como tal, carece de utilidad administrativa. Es posible que lo mejor (¿para quién?) fuera la espontánea producción de las masas. El caso es que la espontánea creatividad de las masas depende fundamentalmente de su información, y ésta les llega por la televisión, la radio, las revistas populares y demás medios de comunicación. Así que la política cultural, según el prejuicio progresista, la haría el ministro de Transportes y Comunicaciones, el ministro de la Presidencia, el señor Calviño y el INLE, sin que nadie pudiera pedirles cuentas. Pero, en segundo lugar, eso no es ni siquiera cierto. La espontaneidad cultural popular es un fantasma retórico. El Estado impone una línea (clara y oscura), y la producción se adapta a ella indefectiblemente. Negarlo es dar síntomas de una hipócrita desconfianza en el poder del dinero.Las líneas de conductas son sutiles. Un ejemplo: en la publicidad madrileña las cajas de ahorro se anuncian con signos líricos y de considerable panfilía (me refiero a televisión): picos nevados, campos de trigo, canciones con cachet; en Fin, una cierta idealización de la clase media baja y sexagenaria. La caja de ahorros que se anuncia en el circuito catalán presenta una imagen opuesta: es una caricatura cruel, esperpéntica, humillante del ahorrador sexagenario catalán. Un grupo de provectos jugadores de dominó excitan la envidia de otros proyectos jugadores mediante la exhibición de un viaje a Mallorea, regalo de la entidad bancaria. "¡Y sin gastar un duro! ¿Eh?". Los gestos, el lenguaje, la decoración, parecen elegidos por el más grosero de los enemigos históricos de Cataluña. Pero, curiosamente, la Generalitat ha financiado una película (su título: Locos, locos carrozas) que es exactamente igual a esa publicidad, un abomínable producto que se jacta en decir: ¡Por fin tenemos un Pajares o un Alfredo Landa catalán! La película es una colección de tópicos sexuales, escatológicos y económicos típicos de la pornografía sociológica del franquismo.

No es casual. Un miembro del consistorio barcelonés me aseguró que la responsable de Cultura, Maria Aurèlia Capmany, había rechazado una exposición de Matisse por demasiado elitista. No debe, no puede ser verdad. Lo grave es que podría serlo, porque un ambicioso proyecto del mencionado departamento es la implantación de la zarzuela en Barcelona. La política cultural de los socialistas catalanes tiende a un populismo de la peor estirpe idealista. Se trata, según dicen, de "eliminar el elitismo" (todavía no lo llaman decadentismo) o de "promover el arte popular". Caminan ciegamente en dirección a Max Cahner y la política cultural de Convergència. Es un mimetismo inquietante.

Hay en ese planteamiento un par de equívocos. El primero y superior es el del término: lo popular. ¿Qué pueblo? No merece la pena analizarlo. Hoy día en Cataluña sólo hay un pueblo: la clase social en disputa electoral la presa de ambos partidos. Es decir, la pequeña burguesía católica y poscarlista, de donde, por otra parte, se nutren casi todos los cargos de ambos partidos, socialista y convergente. Es muy curioso que esa clase social, la única idealmente catalana, acapare la totalidad de la representación política. Ambos partidos se la disputan porque creen que es la única baza nacionalista real. De ahí la falta de interés total hacia lo que llaman cultura de elite o por una imprescindible captación del electorado inmigrante. El catalán por antonomasia, para ambos partidos, es el tendero de principios de siglo discretamente sexualizado.

El segundo equívoco es el de la neutralidad y el miedo al dirigismo cultural. Se trata de un« puro engaño. Dirigismo cultural lo hay siempre que existe financiación. Pero la izquierda trata de disimular la mala conciencia con el cuento de la cultura popular. Promover un cine de halago a las zonas más brutales y acéfalas de la sociedad (como Locos, locos carrozas) o financiar espectáculos que rozan lo patológico (como la práctica totalidad del teatro que se exhibe en Barcelona), con la excusa de que son populares, oculta la impotencia de los funcionarios para poner en pie una producción inteligente. Tratan de evitar críticas de la izquierda mediante el fantasmón del pueblo o de la tradición popular catalana mientras ofrecen cifras de asistencia (el argumento económico es el único argumento moral de la derecha), cifras que podrían multiplicarse por 10 si se decidieran a financiar una ejecución pública, el espectáculo más popular de todos los tiempos.

Reconozco que en este embrollo mimético juega un papel importante la ambigüedad de la palabra cultura. Ambigüedad que se eleva al cubo cuando se le añade el epíteto de popular. Si el pueblo es la masa interclasista y ajetreada de las ciudades, entonces no necesita financiación de ningún tipo para divertirse. Basta con una legislación tolerante en materia de orden público. Los errores se cometen cuando el pueblo queda reducido a un pequeño sector del electorado, codiciado por los partidos mayoritarios. Y esos errores, si no me equivoco, no son sólo errores políticos, son también errores morales. Porque con un disfraz mercantilista se está llamando política cultural a lo que es pura y simplemente un soborno libidinal. Y los responsables de cultura son entonces los actuales funcionarios del ministerio de propaganda. Si me votas tendrás sardanas bajo tu ventana, susurra Convergencia; vótame a mí y te daré zarzuela, cantan los socialistas. ¡Menudo panorama, señores!

Mangoneo y corrupción


Joaquín Leguina en El País


Por razones fáciles de entender, últimamente se escucha con frecuencia la siguiente sentencia: "No todos los políticos son iguales", lo cual es una obviedad, aunque se diga con intención de defender la honradez de los más frente a la corrupción de los menos. Y es una obviedad porque los políticos, como cualesquiera otras personas, son únicos e irrepetibles... Pero el recordatorio no sirve absolutamente para nada, pues ni siquiera trata de aportar solución alguna contra la marea negra que está cubriendo de basura a la política española.

Los partidos españoles tienen una bien acreditada fama de no querer autorreformarse

La falta de interés de los partidos en cortar la corrupción nace de la propia sociedad

Pero, ¿en verdad, la mayoría de los políticos son honrados? Si por honrado se entiende aquel servidor público que sólo se lleva para casa su sueldo, puede afirmarse sin demasiado riesgo que la mayoría de los políticos españoles son honrados. Pero el calificativo de honrado exige, a mi juicio, alguna precisión más. Por ejemplo, en torno al mangoneo. (Mangonear: entremeterse uno en cosas ajenas, pretendiendo mandar y disponer). Vamos a ello.

Durante algún tiempo hemos asistido -y asistimos- perplejos a manejos sin cuento en torno a la presidencia de Caja Madrid, y resulta escandaloso, pero no estamos ante algo nuevo, sólo contemplamos un mangoneo que es más espectacular que otros por practicarse éste con luz, cámaras, micrófonos y taquígrafos. Pero algo parecido ya ocurrió cuando, no hace tanto, vimos colocar sin ruido al frente de grandes empresas recién privatizadas (y también de Caja Madrid) a un grupo de amigos personales de Aznar, el entonces presidente del Gobierno, y no fue cosa muy distinta de la que pretendió hacer después Rodríguez Zapatero con Endesa y otras empresas energéticas... ¿Y qué preside, si no es el mangoneo, las concesiones de televisión o de las frecuencias de radio por parte de los distintos Gobiernos, ya sea el nacional ya sean los regionales? En fin, también el mangoneo manda a la hora del otorgamiento de contratos de obras o servicios públicos. Buena parte de las recalificaciones de terrenos no tienen otro origen que el mangoneo, y mangoneo sigue siendo que, por ejemplo, en Cataluña no haya forma de ganar un concurso público si la empresa o el individuo no tienen el domicilio en aquellas tierras.

Bien se ve, pues, que el mangoneo en España es el rey de la vida política. Una colonización ilegítima realizada por todos los partidos y que abarca a otros muchos aspectos de la vida social, judicatura incluida.

Pues bien, la corrupción no es otra cosa que un mangoneo remunerado. Por lo tanto -por aquello de que quien evita la tentación evita el pecado-, si los partidos quisieran, de verdad, acabar con la corrupción, tendrían que renunciar al mangoneo... pero eso -creo yo- va a ser mucho pedir.

Claro que algún ingenuo se preguntará si es evitable el mangoneo e intentaré darle respuesta.

No se trata de una utopía como tantas de las que han querido y quieren erradicar el mal de los corazones humanos, no es eso. Se trata de algo más sencillo, pues el objetivo es simplemente ponérselo más difícil a los potenciales corruptores y corruptos. ¿Cómo? Haciendo que las decisiones en el ámbito público sobre recalificaciones, contratos de obra o de servicios, concesiones, nombramientos fuera del ámbito estrictamente político (por ejemplo: Cajas de Ahorros), intervención en empresas y actividades privadas... estén: a) regladas y b) sean objeto de decisiones colegiadas por personas que no estén sujetas a mandato imperativo y sean elegidas con criterios estrictamente profesionales. De esta suerte, los políticos recibirían menos visitas interesadas y podrían dedicar ese precioso tiempo a solucionar algunos problemas, que buena falta hace.

Otra visión optimista a este propósito asegura que "no es que ahora haya más corrupción que antes, lo que ocurre es que ahora se persigue -judicial y policialmente- con más eficacia y ahínco". Pero ésta es una afirmación tan cándida como metafísica y, por tanto, vacía, pues resulta imposible comprobar mediante datos fiables si lo que se afirma es verdadero o falso.

Mas, sea como sea, estos escándalos encadenados que salpican -aquí y acullá- todo el mapa de España componen una mezcla explosiva cuando se juntan en el tiempo con las colas del paro, las cuales se comportan como tenias en el intestino de la sociedad española. Solitarias que siempre acaban por reproducirse, para seguir consumiendo el alimento (la fuerza de trabajo) que habría de servir para una sana supervivencia colectiva. Porque, digámoslo de una vez, el mercado laboral español es un desastre en el cual una buena parte de nuestra juventud naufraga entre contratos laborales encadenados y efímeros. Unos trabajos sin perspectiva de futuro, con la amenaza, siempre presente, del despido y donde abundan los gestores empresariales cuya especialización parece ser la de echar gente a la calle. No hay en el mundo un país que gaste -proporcionalmente- más dinero que España en formaciones profesionales de todo tipo. Dinero tirado, pues son aprendizajes que no sirven para casi nada en el campo laboral.

Una mezcla explosiva, sí, la de la crisis y la corrupción. Una conjunción perversa en la cual puede estar el germen del populismo... o de la abstención masiva... Y ante este deterioro, ¿qué van a hacer los grandes partidos? Lo diré en pocas palabras: mucho tendrá que apretarles el zapato para que se decidan a renunciar al mangoneo, fuente de toda corrupción. Lo más probable es que no hagan nada práctico. Y no lo harán porque los partidos españoles tienen una bien acreditada fama de no querer autorreformarse, y tampoco están dispuestos a descolonizar lo que han colonizado... Unos partidos que no quieren ni oír hablar del artículo 6 de la Constitución, que les obliga a ser democráticos en su estructura y funcionamiento. Unos partidos que, asimismo, desprecian otro artículo de la Constitución, aquel que obliga a una selección de personal -en la esfera pública- en la cual han de primar "el mérito y la capacidad". Unos partidos que se han dotado de unos reglamentos parlamentarios que ningunean a los diputados y a los senadores reduciéndolos al triste papel de meros ejecutores de un ente burocrático llamado "Grupo Parlamentario". En fin, unos partidos que están encantados de haberse conocido.

Pero hay a este respecto una hipótesis aún más pesimista que me cuesta aceptar y se resume así: la falta de interés de los partidos en cortar de raíz la corrupción nace de la propia sociedad. Por un lado, la plaga del sectarismo y su transformación en un electorado fiel, incapaz de castigar a sus adoradas siglas y, por otro, la trivialización de la moral pública. Todo lo cual conduce a la minimización del impacto electoral de las malas conductas. Si a eso se añade la generalización de una corrupción -que afecta a todos los partidos-, el electorado llega fácilmente a la conclusión de que se está ante una especie de gripe que llega inexorable con el invierno y que es inherente a la actividad política... y por eso es preciso acostumbrarse a convivir con ella...

Mas no es necesario tener la fe de Gramsci para intentar evitarlo y actuar, siguiendo aquel viejo criterio según el cual al pesimismo de la razón siempre cabe oponer el optimismo de la voluntad.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

martes, 3 de noviembre de 2009

El amable estafador


Joaquín Leguina en su blog.

Félix Millet, el “ciudadano que nos honra”, recibió en 2008 este título en presencia de las autoridades catalanas y del Ministro de Cultura y, apenas un año después, se ve ante la Justicia por haber “levantado” del Palau de la Música entre 20 y 30 millones de euros. Pero, claro está, un señor a quien también se le otorgó la “Creu de Sant Jordi” (Pujol) y la llave de Barcelona (Maragall) no puede ser tratado como un vulgar ladrón de gallinas. Quizá por eso el juez instructor, Juli Solaz, no ha visto indicios de malversación y ha decidido dejarlo libre con cargos, pero sin fianza. Y yo me pregunto: ¿dónde tendrá los ojos este lince?
Aparte de sueldos y dietas millonarias, de bodorrios de hijas y de putas (incluyendo los preservativos), el señor Millet se lo llevaba crudo y aún le sobraba para financiar a los partidos, con especial dedicación al CDC de Artur Mas. Pero este mangante es algo más. Se ha convertido en el paradigma de la Cataluña oficial, gente capaz de rechazar cualquier crítica con el simple exorcismo de la “catalanofobia”. Porque los políticos catalanes no responden ante los ciudadanos ni ante Dios ni ante la Historia. ¿Por qué? Porque ellos son Cataluña, la Cataluña eterna.
Millet es, también – y lo ha hecho con gran solvencia-, el representante de toda esa legión de las familias catalanas (miembros de las “cuatrocientas familias” que, según Millet, son las que mandan en Cataluña: las del Liceo, de la Caixa, del Barça, del Círculo Ecuestre, del Club de Polo… ) que fueron franquistas prácticos y pasaron sin cambiarse la ropa a servir al nacionalismo sin hacerle ascos al PSC (“esos chicos que eran progres en su juventud y que hoy nos sirven para que los votantes charnegos no se nos salgan del redil”).
Millet se verá ante los jueces y saldrá de la vida social, pero aún le quedará pasta para echar unos quiquis en el piso de la calle Verdaguer i Callí, donde puso, por cuenta del Palau, su nidito de amor mercenario… Y el resto, como en Hamlet, será silencio.

domingo, 1 de noviembre de 2009