miércoles, 14 de octubre de 2009

Pícaros, caciques y salvapatrias


Antoni Puigverd en La Vanguardia.


Entre las muestras de miseria humana que nuestra vida pública nos ofrece estos días, se cuelan no pocas escenas ridículas que parecen expresamente ideadas para facilitar el trabajo de los humoristas. Las conversaciones telefónicas de Álvaro Pérez, el Bigotes, por ejemplo. Conseguidor y correveidile, el Bigotes organizaba eventos,sabía cómo comprar la foto de su jefe con un senador americano, ofrecía chicas, encargaba coches de lujo y regalaba relojes tan caros como el que recibió el peripuesto Ricardo Costa (con el consejo de no exhibirlo en Valencia, porque sería "un cante de cojones").
Al Bigotes le han retratado estos días, en pleno escándalo Gürtel, fumándose un habano en una terraza de Madrid, sin más protección que una barba algo crecida y el recorte de las dalinianas puntas del mostacho. No parece un tipo especialmente listo, pero debe de serlo, pues encantaba a todo el mundo. Conquistó incluso a la señora Ana Botella, y el presidente Camps le llamaba "amiguito del alma". En sus conversaciones, el Bigotes se jacta de sus contactos, de sus ligues y motos; pero se lamenta de la volubilidad de los políticos a los que sirve. Tal ambivalencia consta ya en la picaresca barroca: el poderoso se comporta con el conseguidor de manera arbitraria y caprichosa. El pícaro tiene que conocer las debilidades del amo y avanzarse a sus deseos; soportar sus cambios de humor y agasajarlo sin cesar. Diversas veces le conmina el poderoso Camps, al parecer, para que le consiga una foto con Obama. "Sentarse con Obama, ahora es imposible, que hay en el planeta 500 tíos importantes o 500.000 importantes que se quieren sentar con Obama", le respondía, juicioso, el pícaro, según cuenta a un compinche. El pobre Bigotes no puede más, está deseando jubilarse para dejar "de aguantar políticos, porque es la hostia". Un lector de La Vanguardia digital escribió a pie de estas revelaciones: "Cuanto más leo la prensa, más desearía no saber leer".

No hemos accedido a las conversaciones del inefable Millet. ¿Cómo serían? Su figura no es la del pícaro, sino la del cacique. Si el Bigotes es un artista del halago, Millet es experto en dominación. Se atreve con los de abajo (nadando en la abundancia de sus robos, negaba el bocadillo a los cantaires). Y con los de arriba: en lugar de cultivar las formas y edulcorar el sistemático saqueo, trataba a todo el mundo a patadas. Se atrevía con el más pintado, fuera burgués o político. O crítico musical. El sabio Jordi Llovet ha explicado que, ejerciendo para La Vanguardia, recibió una bronca de Millet por no haberse levantado cuando el Orfeó entonaba el Cant de la senyera. Si el valencianísimo Costa exhibe un reloj de lujo en una muñeca y en la otra una cinta rojigualda, el catalanísimo Millet regía con una mano el Mercedes 600 y agarrando con la otra el mástil de la senyera aporreaba a los infieles. Dispuso a su antojo de un feudo simbólico y lo saqueó. No gracias a sus mentiras, sino, como explicaba ayer Manel Pérez, gracias al "silencio cómplice" de los poderes públicos: de Hacienda a la Fundació Trias Fargas. No, Millet no era un senyor de Barcelona, en el digno sentido burgués que dio a esta expresión Josep Pla, sino un hereu escampa que dilapida el legado.

Si desde la época barroca, en España están de moda los pícaros, en Catalunya siempre abundaron los caps de colla liantes. Ahí está Joan Laporta, lanzando rayos y truenos por teléfono contra el presidente de Extremadura, barcelonista de pro que tuvo el atrevimiento de escribir un artículo crítico. Cierto: es la palabra de uno contra la de otro. Pero Laporta ha dado ya bastantes muestras de su bronco carácter: peleándose con sus compañeros de junta, descontrolándose en los mítines y en el aeropuerto, abroncando a periodistas o, sentado en la tribuna, perdiendo el sentido de la representación institucional. Tales antecedentes parecen dar la razón a Fernández Vara, político de opiniones discutibles, pero de modos franciscanos. Laporta hará lo que quiera con su futuro. Si, esclavo de su carácter, quiere tirar por la borda el prestigio acumulado con los éxitos futbolísticos de su presidencia, que lo haga. Pero es que, endiosado y tremendista, está echando a perder algo que no le pertenece: la simpatía que el juego de los pupilos de Guardiola despierta en los aficionados de toda España. Puede que, en vistas de su futuro político, tener enemigos en España sea una inversión. Pero la mayoría de los catalanes y barcelonistas prefiere ganar amigos, no broncas. No son pocos los motivos de objetiva disputa entre Catalunya y España: no necesitamos que un aprendiz de brujo eche tontamente gasolina en este peligroso fuego.

En los pasados años de euforia económica, la gente ya sabía que el excremento de la abundancia es la corrupción. Pero la propia abundancia actuaba, al generalizarse, como un ambientador perfumado, que disimulaba o relativizaba el hedor excremental. Llegó la crisis y el ambientador se estropeó. El hedor ofende. Ofende descubrir a esos pícaros y caciques que, bajo el manto de emotivas banderas, esquilmaban el erario. Pero, atención, la historia recuerda que, aprovechando el fracaso de la política convencional, los caudillos más extravagantes, voceros del simplismo, consiguen gran audiencia en tiempos de crisis. ¡Al loro, pues, que detrás de los corruptos llegan los salvapatrias!

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