sábado, 27 de febrero de 2010

Lo que sobra y lo que falta

Fernando Savater en El País.
Hace muchos años, en tiempos atroces e incorrectos, alguien dijo que "desde que se inventó la máquina de cortar jamón y el bidé, ni el jamón sabe a jamón ni... lo demás sabe como debe de saber". A la constatación de esa decadencia podemos añadir ahora que, desde que se inventaron las redes sociales de Internet, tampoco los etarras responden ya a la siniestra dignidad de su función. Los últimos detenidos estaban por lo visto más interesados en alardear, propagar su imagen con camisetas infamantes y hacerse amiguetes a través de la red que en exterminar a sus conciudadanos hasta lograr la liberación de Euskadi. Un auténtico escándalo, ya no puede uno fiarse ni de ETA.

Puestas así las cosas, nada tiene de raro que la llamada izquierda abertzale, ese pintoresco oxímoron, ande buscando algún nicho político legal que le permita en próximos comicios volver a la respetabilidad y a las subvenciones. ETA y sus malos modos son una carga explosiva de la que deben desprenderse (con cuidado, porque es inestable y puede estallar de repente dándoles un disgusto) de modo semejante a esos escaladores que, sorprendidos por una tormenta a medio camino de la cima, abandonan mochilas y otros impedimentos para regresar cuanto antes al campamento base donde espera el caldito caliente y la Cruz Roja.

Mientras van descendiendo con las debidas precauciones, nada impide reflexionar un poco sobre ciertas desdichas de nuestra época. Para empezar, la constatación de que la mayor parte de las tropas etarras está formada por chavales, que -sin saberlo- tienen más ilusiones y caprichos en común con sus coetáneos que con los torvos ideólogos que les han convertido en carne de sus cañones. Son chicos y chicas que han nacido y crecido en una democracia, gozando de todo tipo de libertades que ni conocen ni aprecian, porque nadie se ha molestado en explicárselas. Su rebelión produce horrores, pero no deja ya de ser trivial porque ha perdido hasta los últimos atisbos de justificación que pudo brindarles la pasada dictadura que no conocen ni de oídas. La desproporción flagrante entre los objetivos borrosos y absurdos que les han inculcado y los métodos criminales que les recomiendan sus capataces acaba por desembocar en una grotesca mascarada. Como falta el mínimo sustento ideológico para que sean revolucionarios, se han convertido espontáneamente en hooligans. De ahora en adelante, cada vez más fehacientemente, ya no son más que las víctimas de quienes perversamente les han educado para verdugos.

En esta fase terminal -que desde luego sigue siendo irrefutablemente peligrosa para tantos, ay- los menos arriscados o más oportunistas buscan una vía de escape que siga prometiendo rentabilidad política a medio plazo. Re
-cientes declaraciones de varios dirigentes abertzales apuntan con vacilaciones y cautelas en esa dirección. Pero todavía guardan el resabio del mal que han propagado durante tantos años. Por ejemplo, en su entrevista a Berria, el acrisolado comisario Rufino Etxeberria habla ahora de un horizonte sin presencia de violencia, mencionando explícitamente la de ETA, pero añadiendo que tampoco debe estar presente la del Estado. O sea, ni para ti ni para mí, ni terrorismo ni Estado de derecho, que tan culpables son los que ponen las bombas como los artificieros que con riesgo de su vida las desactivan.

Y ahí está realmente el problema, no en la condena más o menos explícita -que puede ser meramente formal- de la violencia terrorista. Soy de los que, con la debida repugnancia del caso, aceptan que puede darse al enemigo puente de plata. Pero, eso sí, dejando claro que ese puente debe llevar inequívocamente al triunfo del Estado democrático -monopolio de la violencia legítima incluido- que hemos defendido con tanto sufrimiento y esfuerzo contra quienes lo desafiaron, no a un limbo institucional configurable a gusto de los ahora interesadamente arrepentidos.

Lo que principalmente cuenta, sin embargo, es no dejar que se desdibuje el perfil simbólico de cuanto pretendemos afirmar. Vamos, bien está que los etarras se pasen a Facebook o aspiren a competir con las genialidades populares de John Cobra, pero será bueno que no todos descendamos al mismo nivel. De la tristísima ocasión del asesinato de Fernando Buesa, del que ahora se cumple una década, guardo dos recuerdos señalados. El primero, naturalmente, es aquella inicial manifestación donostiarra de Basta Ya, bajo un incesante aguacero, que fue el último acto político al que asistió nuestro vicelehendakari, cuarenta y ocho horas antes del crimen. ¡Por fin una demostración de repudio explícito a ETA y no una condena puntual o abstracta de la violencia! Aunque hoy en día parezca imposible, entonces era una auténtica novedad que no todos los socialistas apoyaron desde el principio con tanta determinación como Buesa.

La segunda se refiere al velatorio en el Parlamento de Vitoria, antes de los indignos desplantes de Arzalluz y de la manifestación en que los nacionalistas mostraron su peor rostro, quiero suponer que no el único y verdadero. El féretro estaba cubierto con la ikurriña y las enseñas de Álava y del Partido Socialista. Nada más. Y nadie pareció advertir nada extraño hasta que un viejo sindicalista, al desfilar frente al túmulo, comentó respetuosamente aunque en voz alta: "No sobra ninguna, pero falta una". En efecto, faltaba la bandera constitucional española, aquella precisamente -por encima de cualquier otra- que representaba Fernando Buesa ante quienes lo mataron. Ese "olvido", por llamarlo con un eufemismo, era un síntoma de un complejo indecente que finalmente legitimaba a los asesinos con el pretexto de evitar "provocaciones". Conviene no seguir olvidándolo tampoco hoy, cuando tantas cosas felizmente han cambiado, pero la Diputación guipuzcoana aún pretende rebelarse contra la obligación de cumplir con los compromisos constitucionales que le dan la única legitimidad de que dispone.

Porque, en efecto, los símbolos del Estado democrático, es decir, la bandera, el himno, los reyes, etcétera, no son una sustancia sentimental para la mayoría de nosotros. Vivimos por y para otras cosas, no obsesionados por proclamar congestiones patrioteras... como por cierto hacen un día sí y otro también los nacionalistas de cualquier cuño. Pero cuando hay algunos enemigos de nuestra convivencia democrática que se toman muy en serio esos símbolos para denostarlos y ultrajarlos, es preciso que los demás nos los tomemos también serenamente en serio para defenderlos. Resulta ridículo y entristecedor que haya cien merluzos en los medios de comunicación progresistas para condenar el gesto enrabietado de Aznar, la dichosa "peineta", pero en cambio para la pitada al himno y a los Reyes en un evento deportivo todos sean disculpas o trivializaciones. Son minoría, no tiene importancia... ejem, ejem. Ya sabemos que el separatismo irredento es minoritario, pero por desgracia lo convierten en importante quienes no lo refutan en la educación o quienes se apoyan en él para sus cambalaches políticos. No vendrá mal hablar de estas cosas con un poco más de fundamento, antes de que todos nos pasemos definitivamente a YouTube o a lo que luego se ponga de moda.

jueves, 25 de febrero de 2010

viernes, 19 de febrero de 2010

Ajueste. (1)

La opinión de Ángel de la Fuente en El Periódico de Catalunya.


En el breve plazo de dos años, las finanzas públicas españolas han experimentado un deterioro espectacular. El conjunto de las administraciones cerró el año 2007 con un superávit de 2 puntos del PIB, el mejor registro de nuestra historia. En el 2009, por el contrario, se ha batido el récord histórico de déficit público con un registro del 11,4% del PIB.
No hace falta decir que un desequilibrio de esta magnitud no se puede sostener mucho tiempo. El Gobierno es consciente de la necesidad de contar con un plan creíble para reducirlo con cierta rapidez, no sólo por exigencia de la Unión Europea sino también para evitar males mayores, comenzando por un rápido aumento de la prima de riesgo de nuestra deuda pública. Con ambas cosas en mente, el ejecutivo se ha comprometido a reducir el déficit hasta el 3% el 2013. La estrategia a seguir para alcanzar este objetivo se esboza en un documento (la actualización del programa de estabilidad) remitido a Bruselas hace un par de semanas.
La primera parte del plan persigue aumentar los ingresos públicos en 3,7 puntos del PIB (desde el 34,6% hasta el 38,3% de este agregado). Para ello se cuenta con una cierta recuperación de la actividad, así como con una combinación de actuaciones que incluye subidas de impuestos (unas ya aprobadas y otras por llegar), la retirada de ciertas medidas de impulso fiscal (como la deducción de los 400 euros) y la desaparición de los efectos transitorios de otras (la aceleración de las devoluciones del IVA). En conjunto, la previsión de ingresos parece factible. Su cumplimiento solo supondría la recuperación de un 60% del desplome de los ingresos públicos que se produjo entre el 2007 y el 2009 y nos dejaría con un índice de presión fiscal sobre PIB similar al de los años anteriores al comienzo de la burbuja fiscal que explotó el 2008.
La segunda parte del plan es bastante más complicada e incierta que la primera. Se trataría de recortar el gasto público en 4,8 puntos, desde el 46,1% hasta el 41,3% del PIB, devolviendo así a este agregado al nivel de 2008. Sobre los detalles de lo que se quiere recortar y las dificultades que esto implica volveré en mi próxima columna.

viernes, 5 de febrero de 2010

La España analfabeta

Gabriel Albiac en ABC

CUENTAN los más viejos de los normaliens parisinos (esa «aristocracia republicana», por hacer uso del tópico puesto en rodaje por Condorcet en 1789) la convenida broma con la cual cierto eminente profesor daba la bienvenida a los novatos recién llegados a la École Normale Superieure el primer día de clase: «Tomen ustedes los Ensayos de Montaigne...» Seleccionaba un pasaje. «Procedan a la traducción inversa en latín clásico». Siempre había un pardillo que hacía la pregunta: «¿Podemos sacar el diccionario?» El venerable profe fijaba su atención melancólica más allá de la ventana. Hacía el gesto vago de señalar hacia un punto invisible: «Bueno, si usted quiere acabar allí..., puede sacarlo». En la indolencia despreciativa del «allí», todos ponían nombre: la Sorbona. Si hoy alguien en una Universidad española hiciera algo parecido, se quedaría sin alumnos. Si es que no era a él a quien pusieran de patitas en la calle. Existió la Instrucción Pública. En Europa. Y hasta algo de ello llegó a existir en España. Aun en medio de la mugre del franquismo. Mi infancia fue asquerosa. La enseñanza que recibí, bastante buena. Infinitamente superior, en todo caso, a la que trae a la Facultad el mejor de mis estudiantes. No es ésta la menos triste de las paradojas españolas.

¿Cuándo y cómo se jodió todo? No es fácil responder a eso. Ni fue un instante, ni hubo una sola causa. En Europa, la enseñanza pública mutó después de 1945. La que había sido un institución de acceso retringidísimo -la Universidad- estaba llamada a ser vía de tránsito universal para los que nacieron tras la segunda guerra. No por filantropía. Sencillamente, la Europa devastada necesitaba inmensos recursos humanos para empezar desde cero. La titulación superior masiva era una clave de aquel reinicio. Una inmensa acumulación de recursos materiales -plan Marshall- y humanos hizo posible lo que, de modo frívolo, se llama a veces «milagro», y que, en realidad, fue un planificado esfuerzo, inseparable de la hosca Guerra Fría. Mediados los años sesenta, el capitalismo había normalizado su mecánica en todo el occidente europeo. Y la producción de titulados superiores empezó a ser excedentaria. De eso -entre otros síntomas cruciales del fin de una época- alzaba acta paradójica el 68. Luego, con una celeridad que ninguno de nosotros preveía, la Universidad se desplomó. Parecía aquella Casa Usher que leímos en el Edgar Allan Poe más terrorífico: no nos dio tiempo ni a salir de ella. Y se nos llevó a todos al infierno.
Hubo quienes pudieron salvar algo entonces. Francia, en especial, cuya dualización -joya de la revolución en la Instrucción Pública- puso parcialmente a salvo la selectiva vía de élite de las Grandes Escuelas. En España, lo poquísimo que aún quedaba en pie fue destruido por el PSOE de los años ochenta, entre la LRU, que aniquiló la competencia del profesorado universitario, y la LOGSE, que no dejó ni los escombros de una enseñanza media. Desde entonces, España es un país analfabeto. La ascensión de Zapatero coincide con el acceso al voto de los sujetos devastados por aquel desastre. Blanco o Pajín son sus arquetipos.

Hubo un intento serio de corregir: la ley que a la entonces ministra Aguirre le tumbó el Parlamento en la primera legislatura de Aznar. Aprendida la lección, sus sucesores prefirieron aplicar paños tibios sobre el cáncer terminal y dejarle a otros el muerto. Cuando el peor PSOE retornó, apenas si encontró correcciones a su anterior destrozo. Restableció su lógica docente: necedad para todos. Para un político como Zapatero, el elector-logse es una bendición celeste.

lunes, 1 de febrero de 2010

miércoles, 27 de enero de 2010

lunes, 18 de enero de 2010

Leguina, guerra, bono, ibarra...

Reclaman comprensión personal, ternura casi, Leguina, Guerra, Bono, Ibarra... Tan duros, ellos. Callaron durante años y años. Vulgarmente «tragaron». Votaron a favor del Estatuto catalán y/o lo apoyaron desde fuera del Parlamento. Permitieron una política destructora que ahora llaman «territorial» por miedo, todavía, a hablar de la unidad de España, de la nación, de la patria común. Lo expliqué en «La izquierda y la nación»: entre Zapatero y Maragall se cargaron «lo» que ya había dejado González en agonía. ¿Ante quién desean justificarse ahora?
Todavía es tiempo. Siempre es tiempo. Lo ha hecho Rosa Díez a su manera. ¿Por qué no podrían romper con el partido que tanto les debe? De estos cuatro que cito el más veterano en la izquierda fue Leguina. Aún llegó a militar en el FLP y desde ahí se pudo escurrir hacia el PSOE, con gentes estupendas por cierto, donde iba a hacer más fortuna que en la estadística y en la narrativa. «Majo tipo», habría dicho el padre de uno de los chicos del Gran Wyoming, falangista él. Pero Zapatero los ha dejado caer y ni siquiera Guerra es capaz de mantener una imagen clara ante la sociedad a pesar de tener en sus manos la Fundación Pablo Iglesias y varias publicaciones.
Importa España. Zapatero la está destruyendo. No es verdad que haya un problema de sucesión en el PSOE, como se dice estos días, aunque sí podría haberlo si estos y otros le pusieran una mano, encima, a Montilla, y a Rubalcaba... De lo contrario tendremos que convenir que el PSOE ha sido siempre nefasto para España. Si los Elías Díaz de ayer y de hoy no se han atrevido a decir nunca, en público, que Largo Caballero fue el responsable de la Guerra del 36, mañana tampoco dirán que Zapatero destruyó, entre siglos, la nación española. Territorialmente, si así lo prefiere Leguina. Pero que vengan al club. Ahora, cuando todavía hay tiempo de salvar esto. Aunque sea «territorialmente».

CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS en ABC

viernes, 15 de enero de 2010

España ayer y hoy.

AYER



HOY

martes, 12 de enero de 2010

Una presidencia elocuente y liberadora

HERMANN TERTSCH en ABC

CREO que entre tanto despropósito como hemos sufrido en los últimos cinco años triunfales del vallisolateno leonés, mitad nieto franquista, mitad nieto Lozano -aquel militar fusilable a ambos lados de la trinchera-, bueno con infinito merengue retórico en sus intenciones, desastrosamente ruín, vago y calamitoso en sus resultados, nos tiene ya a muchos españoles muy agotados. Tanto que hasta sus periódicos de cabecera y masaje dicen que no quieren votarle la próxima vez ni los suyos. Comienza a surgir la elocuencia como las hiedras se abren paso por las grietas de un búnker abandonado, dedicado a la defensa a ultranza de la mediocridad prepotente e implacable. Zapatero emprendió con tanto entusiasmo el descubrimiento de una nueva realidad que sólo existía en su muy modesta cabecita para acometer la mayor destrucción habida en España en tiempos de paz, en todos los órdenes, desde la economía a las instituciones. Casi lo ha conseguido. Era cuestión de justicia que tarde o temprano -ha sido bastante tarde- acabara autodestruyéndose él con su mezcla de violenta arrogancia, desequilibrio general y desorden total en su propia melopea de ideas improvisadas. Ya sólo le quedaría la opción de ser malo con efectividad y optar seriamente por la represión de todo lo que no le convenga. Sería demasiada. Matar políticamente no le es ajeno, vive Dios, y lo hace con mucha parsimonia y eficacia. Toda su biografía política está sembrada de cadáveres. Muchos de los cuales, por cierto y gracias a Dios, gozan de excelente salud al haberse escapado al entorno tóxico y políticamente perverso del gran Timonel, polito excelso de la mentira. Pero aplastar ya a todos los que le votaron en su día y de paso a quienes jamás lo votarían es una operación que le viene grande a nuestro chico que combina la moda yeyé exclusiva de su Sonsoles, con sus trajes cortados por el sastre albanés de Enver Hoxha, siempre deseoso de que las manos incontrolables revelaran el auténtico talante de la percha. Venganza postrera.
Pero lo mejor que realmente nos ha pasado a los españoles en los últimos años del Señor es que finalmente llegara esta presidencia europea. Así todas las víctimas y los espantados por la tropa zapateril conseguirán finalmente la comprensión de todos los europeos ante la tragedia que se nos echó encima con la llegada al poder del Gran Maestre de la Mentira y su ejército de sicarios de la secta. En quince días tan sólo de presidencia, las cancillerías de toda Europa están alarmadas. Como si se les hubiera metido un freaky en la cabina de mandos. Los alemanes, con una señora Merkel tan cabal, ya han calificado de «absurdas» e «insensatas» las propuestas de Zapatero -precisamente de Zapatero- de sancionar a quienes no cumplan con lo que él considera las medidas económicas necesarias. Otros países no hacen siquiera comentarios porque no tienen la mínima intención de hacer el menor caso a las manifestaciones del fracasado y patéticamente solemne, que ya hace pasar unas terroríficas situaciones de vergüenza ajena al auténtico presidente de la UE, Herman van Rampoy. Este es un líder discreto, pero preparado y con la experiencia que le lleva a ver al señor Zapatero como un auténtico marciano salido de un programa de televisión de reality show. Y Van Rampoy, que no es un hombre de bromas, ni llega tarde a los actos institucionales, ni el hace el ridículo con la fraseología de la nada de nuestro Timonel de tierra adentro, ya ha dejado claro que él no hará el imbécil por la triste casualidad de coincidir en la entrada de su mandato con la elocuencia vacua del nieto Lozano. Hace cinco años, todo el pijerío izquierdista europeo estaba medio enamorado de Zapatero o de Zerolo. Hoy Europa está perfectamente hastiada de las ridiculeces y naderías del presidente español. Es una pena que los electores españoles no fueran tan rápidos en su perspicacia como lo están siendo los líderes europeos. Pero nos viene bien a todos. Esta presidencia puede dejar al gran líder izquierdista leonés o vallisoletano -orwhoknowswhat- en esa basura de la historia de la que jamás debió salir.

domingo, 10 de enero de 2010

El síndrome del Coronel Tapioca

Arturo Pérez-Reverte en XL Semanal.

Hace treinta y dos años desaparecí en la frontera entre Sudán y Etiopía. En realidad fueron mi redactor jefe, Paco Cercadillo, y mis compañeros del diario Pueblo los que me dieron como tal; pues yo sabía perfectamente dónde estaba: con la guerrilla eritrea. Alguien contó que había habido un combate sangriento en Tessenei y que me habían picado el billete. Así que encargaron a Vicente Talón, entonces corresponsal en El Cairo, que fuese a buscar mi fiambre y a escribir la necrológica. No hizo falta, porque aparecí en Jartum, hecho cisco pero con seis rollos fotográficos en la mochila; y el redactor jefe, tras darme la bronca, publicó una de esas fotos en primera: dos guerrilleros posando como cazadores, un pie sobre la cabeza del etíope al que acababan de cargarse.

Lo interesante de aquello no es el episodio, sino cómo transcurrió mi búsqueda. La naturalidad profesional con que mis compañeros encararon el asunto. Conservo los télex cruzados entre Madrid y El Cairo, y en todos se asume mi desaparición como algo normal: un percance propio del oficio de reportero y del lugar peligroso donde me tocaba currar. En las tres semanas que fui presunto cadáver, nadie se echó las manos a la cabeza, ni fue a dar la brasa al ministerio de Asuntos Exteriores, ni salió en la tele reclamando la intervención del Gobierno, ni pidió que fuera la Legión a rescatar mis cachos. Ni compañeros, ni parientes. Ni siquiera se publicó la noticia. Mi situación, la que fuese, era propia del oficio y de la vida. Asunto de mi periódico y mío. Nadie me había obligado a ir allí.

Mucho ha cambiado el paisaje. Ahora, cuando a un reportero, turista o voluntario de algo se le hunde la canoa, lo secuestran, le arreglan los papeles o se lo zampan los cocodrilos, enseguida salen la familia, los amigos y los colegas en el telediario, asegurando que Fulano o Mengana no iban a eso y pidiendo que intervengan las autoridades de aquí y de allá –de sirios y troyanos, oí decir el otro día–. Eso tiene su puntito, la verdad. Nadie viaja a sitios raros para que lo hagan filetes o lo pongan cara a la Meca, pero allí es más fácil que salga tu número. Ahora y siempre. Si vas, sabes a dónde vas. Salvo que seas idiota. Pero en los últimos tiempos se olvida esa regla básica. Hemos adquirido un hábito peligroso: creer que el mundo es lo que dicen los folletos de viajes; que uno puede moverse seguro por él, que tiene derecho a ello, y que Gobiernos e instituciones deben garantizárselo, o resolver la peripecia cuando el coronel Tapioca se rompe los cuernos. Que suele ocurrir.

Esa irreal percepción del viaje, las emociones y la aventura, alcanza extremos ridículos. Si un turista se ahoga en el golfo de Tonkín porque el junco que alquiló por cinco dólares tenía carcoma, a la familia le falta tiempo para pedir responsabilidades a las autoridades de allí –imagínense cómo se agobian éstas– y exigir, de paso, que el Gobierno español mande una fragata de la Armada a rescatar el cadáver. Todo eso, claro, mientras en el mismo sitio se hunde, cada quince días, un ferry con mil quinientos chinos a bordo. Que busquen a mi Paco en la Amazonia, dicen los deudos. O que nos indemnicen los watusi. Lo mismo pasa con voluntarios, cooperantes y turistas solidarios o sin solidarizar, que a menudo circulan alegremente, pisando todos los charcos, por lugares donde la gente se frota los derechos humanos en la punta del cimbel y una vida vale menos que un paquete de Marlboro. Donde llamas presunto asesino a alguien y tapas la cara de un menor en una foto, y la gente que mata adúlteras a pedradas o frecuenta a prostitutas de doce años se rula de risa. Donde quien maneja el machete no es el indígena simpático que sale en el National Geographic, ni el pobrecillo de la patera, ni te reciben con bonitas danzas tribales. Donde lo que hay es hambre, fusiles AK-47 oxidados pero que disparan, y televisión por satélite que cría una enorme mala leche al mostrar el escaparate inalcanzable del estúpido Occidente. Atizando el rencor, justificadísimo, de quienes antes eran más ingenuos y ahora tienen la certeza desesperada de saberse lejos de todo esto.

Y claro. Cuando el pavo de la cámara de vídeo y la sonrisa bobalicona se deja caer por allí, a veces lo destripan, lo secuestran o le rompen el ojete. Lo normal de toda la vida, pero ahora con teléfono móvil e Internet. Y aquí la gente, indignada, dice qué falta de consideración y qué salvajes. Encima que mi Vanessa iba a ayudar, a conocer su cultura y a dejar divisas. Y sin comprender nada, invocando allí nuestro código occidental de absurdos derechos a la propiedad privada, la libertad y la vida, exigimos responsabilidades a Bin Laden y gestiones diplomáticas a Moratinos. Olvidando que el mundo es un lugar peligroso, lleno de hijos de puta casuales o deliberados. Donde, además, las guerras matan, los aviones se caen, los barcos se hunden, los volcanes revientan, los leones comen carne, y cada Titanic, por barato e insumergible que lo venda la agencia de viajes, tiene su iceberg particular esperando en la proa.

sábado, 9 de enero de 2010

Calendarios riojanos

Juan Manuel de Prada en ABC

VATICINABA Gómez Dávila que la civilización occidental acabaría convirtiéndose en un acervo de artículos de lujo, elaborados por parásitos, para consumo de ociosos. En España ocurre, sin embargo, que los parásitos se quedan con los artículos de lujo para su disfrute, después de sangrarnos a impuestos; y a los ociosos -los parados-, que son legión, a falta de artículos de lujo, los entretienen con fiestas. Los días laborables encabronan mucho al parado, porque le recuerdan su desgracia; así que los parásitos se esfuerzan en convertir esa desgracia en ocio, atiborrando de fiestas el calendario. Los días festivos, además, tienen la ventaja de ser más igualitarios que los días laborables, porque en ellos el parado puede permitirse el lujo de creerse ocioso, como el que descansa del trabajo; y ya se sabe que lo importante en una democracia de progreso es la igualdad, como ayer nos explicaba Hermann Tertsch, a quien tal vez le patearan las costillas para que se mantuviera igualitariamente ocioso durante una temporada.
Observaba Castellani que, al tiempo que la Iglesia redujo sus fiestas de precepto, el mundo liberal empezó a multiplicar las suyas; y auguraba que no estaba lejano el día en que los 365 del año estuviesen todos ocupados por un enjambre de fiestas tan irrisorias como rimbombantes. Los gobiernos de progreso, que no adoran a Dios ni creen en la vida eterna, gustan en cambio de adorarse a sí mismos y creen en la posteridad, que es algo así como una nada eterna con boletines oficiales y manuales de Educación para la Ciudadanía. Si los Papas tienen potestad para canonizar santos, los gobiernos de progreso apellidan las calles con los nombres de sus adictos; y si los Papas tienen potestad para crear fiestas de precepto, los gobiernos del progreso se sacan del magín una caterva de fiestas civiles, a cada cual más relamida y superferolítica: pues toda idolatría (y ninguna tan frenética y pelmaza como la idolatría del Progreso) es una falsificación paródica de la religión. En su obsesión enfermiza por falsificar la religión católica, los gobiernos de progreso caen en los excesos más abracadabrantes; y a veces, incluso, meten al enemigo en casa, como le ocurrió a aquel fraile del chiste, que decía: «Todo es bueno para el convento», y llevaba una puta al hombro. Y, como ha hecho el alcalde de progreso de Logroño, colocan en el calendario la Independencia de Pakistán para desalojar la Asunción de la Virgen, a la vez que conmemoran el nacimiento de Mahoma y silencian el de Cristo. Tal vez algún día se acuerden de Santa Bárbara, cuando truene; pero para entonces ellos ya estarán disfrutando de la posteridad y nosotros de la vida eterna, si Dios quiere.
En su celo anticatólico, este calendario riojano se ha olvidado de señalar con almagre la fiesta de la vendimia; y es natural que así sea, porque el católico bebe para recordar su esperanza, como el progresista lo hace para olvidar su desesperación. Tal vez estas fiestas falsificadas sirvan para mantener entretenidos a los ociosos, o para que los parados se crean tan ociosos como el que más; pero las fiestas verdaderas no se crean por decreto. «En la fiesta -escribe de nuevo Castellani- se reunía la comunidad a comer, a recibir el Sacramento y a comulgar entre sí, es decir, a poner en común sus ideas, sentimientos e intereses bajo el fundente de una misma fe. Se encontraban entre ellos para encontrarse a sí mismos a la luz de una creencia común y trascendente. Ése es el tipo de fiesta verdadera, que se basa en una necesidad y se cumple en la recepción de un don espiritual, el cual por el hecho de recibirse aúna y unifica todas las individualidades». Los alcaldes de progreso podrán confiscar el calendario, como tienen confiscado el callejero; pero las fiestas siempre se les escaparán por la gatera del alma, que no cree en la posteridad ni adora el Progreso. Y nunca está ociosa.