miércoles, 31 de diciembre de 2008
lunes, 29 de diciembre de 2008
España en marcha.
Un artículo de Félix Madero en ABC.
NO son pocas las veces que escucho el concierto que Paco Ibáñez ofreció en el Olimpia de París en 1969. Años después un arriesgado profesor de Literatura en los escolapios, de apellido Pulido, asumió la labor de enseñarnos poesía escuchando la voz rota del cantautor que ponía música a Jorge Manrique y Góngora, pero también a Gabriel Celaya, Blas de Otero y Cernuda. Aquel disco fue para muchos una iniciación a un mundo desconocido, pero también un asidero sentimental que habla de España y de los españoles. Celaya, austero con las palabras, creía que éramos un ser que se crecía, un río derecho y un golpe temible de un corazón no resuelto. Sigue teniendo razón.
Si en Zapatero hubiera una idea de la nación que no fuera ni discutible ni discutida podría haber regalado el disco de Ibáñez a los presidentes que se han ido a La Moncloa a ver que hay de lo suyo. Viendo el espectáculo de la pasarela autonómica resulta extravagante e ingenua la apelación del Rey instándonos tirar del carro. ¿Pero de qué carro, Señor? Aquí cada uno tiene uno, más o menos vistoso, con distintas cilindradas y necesidades de consumo. La costumbre esconde la injusticia. La injusticia, hecha costumbre, nos ha dormido, y así pensamos que la política es eso que hacen los que piden el voto.
El espectáculo ofrecido por el Gran Conseguidor es inaúdito. Todos creen que son dueños de un territorio, y se han olvidado de las personas, o sea, de los ciudadanos. A todos ha contentado el presidente, sin duda el más listo y audaz. Zapatero deja corto el añorado puedo prometer y prometo.
Creer que España es esto que vemos es asumir una mentira desafiante ante la poca sombra que da eso que algunos invocamos, el patriotismo constitucional como sustento de una convivencia equilibrada y digna en toda España.
Presidentes de toda laya y condición han salido exultantes porque el carro regional tendrá gasolina para unos cuantos años. ¿Recuerdan a alguno que haya enjaretado un discurso en el que cupiera la palabra España y sus necesidades?
Sólo uno de los que han ido «averquehaydelomío» llama mi atención. El presidente de Extremadura, Guillermo Fernández Vara es socialista, y tiene dicho que aquí triunfa el que rompe y divide. Ahora, en una oportuna entrevista de Gabriel Sanz en ABC insiste en conceptos claros y sencillos. El carro se llama España, pero también decencia política para discutir tanto desvarío provinciano con gorra de municipal.
Fernández Vara es hoy una voz necesaria. Lo es porque dice cosas obvias, pero que hay que decir: Somos solidarios porque somos iguales. O esta otra de que el Estado ya no puede ni debe ceder más impuestos o terminará desapareciendo. Lo dice sin miedo y sin complejos, dos peajes con los que aquí se hace política.
El extremeño está abriendo la puerta a un tiempo nuevo que pregunta por el discurso y no por la ideología. El tiempo en que esto de la derecha y la izquierda empieza a ser un remedo que sólo justifica el relato zafio del político que vive de, por y para la sigla. Allí donde haya ideas, allí irán los votos. Donde impere el sentido común de éste ser que se crece. De éste río derecho. De éste corazón no resuelto. España, por ejemplo.
NO son pocas las veces que escucho el concierto que Paco Ibáñez ofreció en el Olimpia de París en 1969. Años después un arriesgado profesor de Literatura en los escolapios, de apellido Pulido, asumió la labor de enseñarnos poesía escuchando la voz rota del cantautor que ponía música a Jorge Manrique y Góngora, pero también a Gabriel Celaya, Blas de Otero y Cernuda. Aquel disco fue para muchos una iniciación a un mundo desconocido, pero también un asidero sentimental que habla de España y de los españoles. Celaya, austero con las palabras, creía que éramos un ser que se crecía, un río derecho y un golpe temible de un corazón no resuelto. Sigue teniendo razón.
Si en Zapatero hubiera una idea de la nación que no fuera ni discutible ni discutida podría haber regalado el disco de Ibáñez a los presidentes que se han ido a La Moncloa a ver que hay de lo suyo. Viendo el espectáculo de la pasarela autonómica resulta extravagante e ingenua la apelación del Rey instándonos tirar del carro. ¿Pero de qué carro, Señor? Aquí cada uno tiene uno, más o menos vistoso, con distintas cilindradas y necesidades de consumo. La costumbre esconde la injusticia. La injusticia, hecha costumbre, nos ha dormido, y así pensamos que la política es eso que hacen los que piden el voto.
El espectáculo ofrecido por el Gran Conseguidor es inaúdito. Todos creen que son dueños de un territorio, y se han olvidado de las personas, o sea, de los ciudadanos. A todos ha contentado el presidente, sin duda el más listo y audaz. Zapatero deja corto el añorado puedo prometer y prometo.
Creer que España es esto que vemos es asumir una mentira desafiante ante la poca sombra que da eso que algunos invocamos, el patriotismo constitucional como sustento de una convivencia equilibrada y digna en toda España.
Presidentes de toda laya y condición han salido exultantes porque el carro regional tendrá gasolina para unos cuantos años. ¿Recuerdan a alguno que haya enjaretado un discurso en el que cupiera la palabra España y sus necesidades?
Sólo uno de los que han ido «averquehaydelomío» llama mi atención. El presidente de Extremadura, Guillermo Fernández Vara es socialista, y tiene dicho que aquí triunfa el que rompe y divide. Ahora, en una oportuna entrevista de Gabriel Sanz en ABC insiste en conceptos claros y sencillos. El carro se llama España, pero también decencia política para discutir tanto desvarío provinciano con gorra de municipal.
Fernández Vara es hoy una voz necesaria. Lo es porque dice cosas obvias, pero que hay que decir: Somos solidarios porque somos iguales. O esta otra de que el Estado ya no puede ni debe ceder más impuestos o terminará desapareciendo. Lo dice sin miedo y sin complejos, dos peajes con los que aquí se hace política.
El extremeño está abriendo la puerta a un tiempo nuevo que pregunta por el discurso y no por la ideología. El tiempo en que esto de la derecha y la izquierda empieza a ser un remedo que sólo justifica el relato zafio del político que vive de, por y para la sigla. Allí donde haya ideas, allí irán los votos. Donde impere el sentido común de éste ser que se crece. De éste río derecho. De éste corazón no resuelto. España, por ejemplo.
miércoles, 24 de diciembre de 2008
Aburrimiento
Elvira Lindo en El País.
Qué repetidos estamos. Es habitual encontrarse a personajes públicos declarando que no comparten la afirmación identitaria del nacionalismo y apostillando inmediatamente, "incluyendo todos los nacionalismos, el español también". La apostilla es ya un clásico y no indica más que el temor que tiene un número importante de personas progresistas a ser señaladas como miembros del batallón contrario. Son temores nunca reconocidos por quienes lo padecen y que no sirven más que para ahogar cualquier debate. La apostilla debiera sobrar, sería lógico sobrentender que quien no entiende que los países se formen sobre la base de una pasión sentimental no hace una excepción con la nación española. En fin, qué importa ya. Lo que comienza a provocar el eterno conflicto autonómico español es una mezcla de desesperación y hastío. Es como si los problemas fundamentales siempre acabaran siendo devorados por los accesorios. El ser o no ser que nos es tan propio. Surge de pronto, como ahora, un asunto crucial, la crisis económica y, por un momento, queremos pensar que, lógicamente, acaparará la atención de todos (incluidos los que siempre están a lo suyo). Qué inocentes. Ya puede caerse el cielo sobre nuestras cabezas. Seríamos capaces de pelearnos por ver qué trozo de cielo nos corresponde a cada uno. Y no, no vale señalar a unos como más mezquinos que otros: al bonito juego del Tomaydaca se apuntan todos, incluidos quienes más lo critican.
Urge que la naturaleza de este país, España, se decida pronto, para no tener la incómoda impresión de que estamos permanente inacabados y que, como eternos adolescentes, no podemos acceder a los debates adultos. Urge un tipo de Estado, éste o el otro, para que esta indefinición e insatisfacción continuas no acabe por sumirnos en el peor de los estados posibles, el del aburrimiento.
domingo, 21 de diciembre de 2008
El Follón del Parlament de Catalunya.
José Domingo, de Ciutadans, intenta hablar en el Parlament de Catalunya.
sábado, 20 de diciembre de 2008
jueves, 18 de diciembre de 2008
miércoles, 17 de diciembre de 2008
martes, 16 de diciembre de 2008
lunes, 15 de diciembre de 2008
Los fascistas antifascistas.
Un artículo de Antonio Robles, diputado de C´s, en Libertad Digital:
Hay una tendencia a considerar como comportamientos ultraderechistas aquellos que se identifican con la indumentaria clásica de los fascismos de la primera mitad del siglo XX. A saber: botas militares, esvásticas nazis, banderas españolas con aguiluchos franquistas, etc. Su ADN está encarnado en esa indumentaria; su sola presencia basta para evocarnos las pesadillas del totalitarismo. No necesitan reivindicarse; la patente de sus símbolos agresivos tampoco peligra: nadie los quiere, todos los temen. Sin embargo, es una especie en extinción. Su territorio natural en España ha ido reduciéndose a medida que aumentaban independentistas y grupos antisistema. Si se fijan, semejantes especimenes se concentran en Madrid, en Valencia y en algunas otras capitales o espacios donde grupitos aislados de nuevos racistas entran en colisión laboral con la nueva inmigración. Y curiosamente, en Cataluña, Euskadi y Galicia esos energúmenos o, para ser más exactos, quienes se revisten de tales símbolos han desaparecido casi por completo.
La pregunta es simple, pero inevitable: ¿es que sólo hay fachas en Madrid? Y por contraposición: ¿las comunidades nacionalistas son un antídoto contra el totalitarismo y la violencia ultraderechista?
Sería una simpleza aceptar la primera y una imperdonable estupidez la segunda. La respuesta la hemos de buscar en la pereza intelectual de una generación cuyo biberón moral se alimentó del rechazo a la parafernalia nazi, fascista y franquista como universo cerrado y finito del totalitarismo. En vez de buscar el fascismo en los comportamientos, se conforman con las apariencias simbólicas. Y no han reparado en que, desde la transición para acá, las respuestas autoritarias a los retos ideológicos, demográficos, raciales, lingüísticos y territoriales se visten de otras maneras y reivindican otros fines.
Consideremos, por ejemplo, la estética Jarrai: camisetas a rayas horizontales, coletillas, pañuelos palestinos al cuello, calzado de montaña y aspecto sucio y desaliñado; ese es el uniforme de los cachorros de ETA. En nada se parecen a los paramilitares nazis, pero son igualmente violentos; amenazan y agreden en grupo con el rostro cubierto y sus actos vandálicos son tan gratuitos como sus homólogos de la ultraderecha. Sólo tienen una diferencia: los jarrai se creen antifascistas y los fascistas se sienten orgullosos de serlo. Los Maulets en Cataluña, la CAJEI (coordinadota d’assemblees de joves de l’esquerra independentista) o las JERC, por poner sólo tres ejemplos, no matan ni se visten como los fascistas de los años treinta del siglo pasado, pero insultan, agraden, rompen cualquiera cosa que simbolice a España (como las vallas con el toro de Osborne o la bandera constitucional española) y boicotean, asaltan o amenazan a quienes se atreven a defender ideas no nacionalistas. Albert Boadella es uno de los últimos exiliados, aburrido de aguantar tanta inmundicia excluyente.
Y es que mientras en las comunidades no nacionalistas los cachorros nazis carecen de empresas épicas a las que adherirse, en Cataluña, País Vasco y ahora Galicia encuentran cobijo en las reivindicaciones independentistas. Ahí existen espacios para su agresividad sin tener que soportar los inconvenientes de una simbología que sataniza a quien la emplea. En estas comunidades nacionalistas encuentran cobijo y apoyo en numerosas ayudas institucionales en nombre de la recuperación de la lengua o las reivindicaciones nacionales. Su comportamiento los delata, pero su indumentaria y su lenguaje reivindicativo los hace pasar por víctimas cuando sólo son verdugos.
Las sanciones lingüísticas, la imposibilidad de estudiar en la lengua oficial del Estado, el desprecio continuado por los símbolos constitucionales, su autosuficiencia y manipulación históricas, sus exclusiones culturales, la utilización de las leyes a través de las mayorías parlamentarias para vaciar a la mitad de los ciudadanos de sus derechos constitucionales, etc., son rasgos propios del racismo cultural que han quedado camuflados en las propias instituciones porque es en ellas y desde ellas desde donde ejercen todo el poder.
Como se dice en Galicia a propósito de las brujas: no existen nacionalistas fascistas, pero haberlos, hailos.
Hay una tendencia a considerar como comportamientos ultraderechistas aquellos que se identifican con la indumentaria clásica de los fascismos de la primera mitad del siglo XX. A saber: botas militares, esvásticas nazis, banderas españolas con aguiluchos franquistas, etc. Su ADN está encarnado en esa indumentaria; su sola presencia basta para evocarnos las pesadillas del totalitarismo. No necesitan reivindicarse; la patente de sus símbolos agresivos tampoco peligra: nadie los quiere, todos los temen. Sin embargo, es una especie en extinción. Su territorio natural en España ha ido reduciéndose a medida que aumentaban independentistas y grupos antisistema. Si se fijan, semejantes especimenes se concentran en Madrid, en Valencia y en algunas otras capitales o espacios donde grupitos aislados de nuevos racistas entran en colisión laboral con la nueva inmigración. Y curiosamente, en Cataluña, Euskadi y Galicia esos energúmenos o, para ser más exactos, quienes se revisten de tales símbolos han desaparecido casi por completo.
La pregunta es simple, pero inevitable: ¿es que sólo hay fachas en Madrid? Y por contraposición: ¿las comunidades nacionalistas son un antídoto contra el totalitarismo y la violencia ultraderechista?
Sería una simpleza aceptar la primera y una imperdonable estupidez la segunda. La respuesta la hemos de buscar en la pereza intelectual de una generación cuyo biberón moral se alimentó del rechazo a la parafernalia nazi, fascista y franquista como universo cerrado y finito del totalitarismo. En vez de buscar el fascismo en los comportamientos, se conforman con las apariencias simbólicas. Y no han reparado en que, desde la transición para acá, las respuestas autoritarias a los retos ideológicos, demográficos, raciales, lingüísticos y territoriales se visten de otras maneras y reivindican otros fines.
Consideremos, por ejemplo, la estética Jarrai: camisetas a rayas horizontales, coletillas, pañuelos palestinos al cuello, calzado de montaña y aspecto sucio y desaliñado; ese es el uniforme de los cachorros de ETA. En nada se parecen a los paramilitares nazis, pero son igualmente violentos; amenazan y agreden en grupo con el rostro cubierto y sus actos vandálicos son tan gratuitos como sus homólogos de la ultraderecha. Sólo tienen una diferencia: los jarrai se creen antifascistas y los fascistas se sienten orgullosos de serlo. Los Maulets en Cataluña, la CAJEI (coordinadota d’assemblees de joves de l’esquerra independentista) o las JERC, por poner sólo tres ejemplos, no matan ni se visten como los fascistas de los años treinta del siglo pasado, pero insultan, agraden, rompen cualquiera cosa que simbolice a España (como las vallas con el toro de Osborne o la bandera constitucional española) y boicotean, asaltan o amenazan a quienes se atreven a defender ideas no nacionalistas. Albert Boadella es uno de los últimos exiliados, aburrido de aguantar tanta inmundicia excluyente.
Y es que mientras en las comunidades no nacionalistas los cachorros nazis carecen de empresas épicas a las que adherirse, en Cataluña, País Vasco y ahora Galicia encuentran cobijo en las reivindicaciones independentistas. Ahí existen espacios para su agresividad sin tener que soportar los inconvenientes de una simbología que sataniza a quien la emplea. En estas comunidades nacionalistas encuentran cobijo y apoyo en numerosas ayudas institucionales en nombre de la recuperación de la lengua o las reivindicaciones nacionales. Su comportamiento los delata, pero su indumentaria y su lenguaje reivindicativo los hace pasar por víctimas cuando sólo son verdugos.
Las sanciones lingüísticas, la imposibilidad de estudiar en la lengua oficial del Estado, el desprecio continuado por los símbolos constitucionales, su autosuficiencia y manipulación históricas, sus exclusiones culturales, la utilización de las leyes a través de las mayorías parlamentarias para vaciar a la mitad de los ciudadanos de sus derechos constitucionales, etc., son rasgos propios del racismo cultural que han quedado camuflados en las propias instituciones porque es en ellas y desde ellas desde donde ejercen todo el poder.
Como se dice en Galicia a propósito de las brujas: no existen nacionalistas fascistas, pero haberlos, hailos.
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