sábado, 31 de octubre de 2009

Rajoy necesita un bicho


Juan Manuel de Prada en ABC

PROPONÍA ayer Ignacio Camacho una sagaz comparación de Rajoy con uno de aquellos vaqueros bondadosos y cachazudos, al estilo de James Stewart, que protagonizaron tantas películas del Oeste: muchachos de apariencia dócil a los que bandas de pistoleros malencarados convertían en diana de sus burlas, hasta que les «hervía el radiador», desenfundaban el revólver y se liaban a tiros. Hasta la fecha, sin embargo, Rajoy sólo ha disparado un tiro, que ha derribado a Ricardo Costa, a quien en la película corresponde un papel poco reseñable, más o menos el de un tahúr lechuguino, a la vez ingenuo y exasperante, que con sus aspavientos e insistencias acaba haciéndole perder la paciencia al protagonista; y que, una vez derribado sobre el suelo del saloon, descubrimos que ni siquiera iba armado. Descubrimiento que, a la postre, no hace sino acrecentar la mala conciencia del protagonista; mientras, envalentonados, los pistoleros malencarados se burlan de su más que discutible hazaña.
Aquí es donde el paisaje de la película cambia los horizontes de grandeza propios del western clásico para trasladarse al secarral almeriense. Porque la película que estamos viendo tiene más bien el aire sucio y patibulario de un spaghetti western: a los pistoleros malencarados los guían los apetitos más sórdidos; y, en su afán por satisfacerlos, se agrupan en bandas rivales que compiten en rapacidad y bellaquería. ¿Y qué pinta Rajoy en medio de semejante olla podrida? Pues aproximadamente lo mismo que James Stewart en una película de Sergio Leone. Rajoy puede servir de protagonista para un western clásico, donde las disputas entre colonos y ganaderos aún se desenvolvían sobre un fondo de pasiones honradas, donde el forajido aún era contemplado como una agresión al orden que debía restaurarse. Pero las querellas del partido que preside Rajoy son más propias de un spaghetti western desalmado, donde no hay leyes que observar o infringir por la sencilla razón de que no han sido formuladas, donde la violencia campea por doquier, donde sólo triunfan los malvados y los cínicos, donde más que un héroe que restaure el orden se precisa un cazador de recompensas que, con astucia y socarronería, envisque a los pistoleros de las bandas rivales y luego recoja sus despojos. Más o menos como hacía Clint Eastwood en Por un puñado del dólares, ganándose la confianza de las bandas rivales, sembrando la cizaña entre ellas, capaz de fingir complicidades y de pisar pescuezos, pero también dispuesto a dejarse algunos pelos en la gatera si la ocasión lo requiere.
Yo a Rajoy nunca lo he visto como a uno de esos taimados protagonistas propios del spaghetti western; pero tampoco creo que el papel que deba interpretar en esta película sea el de un bicho inescrupuloso al estilo de los que interpretaban Clint Eastwood o Lee Van Cleef: tal vez estos personajes obtenían el aplauso del público, pero nunca seducían a la chica (ni ganas que tenían); y Rajoy, como James Stewart o Gary Cooper, debe preocuparse no sólo de acabar con los malos, sino también de seducir a la chica, que aquí es el votante. Si Rajoy desea sobrevivir en el spaghetti western de las querellas intestinas de su partido, urge que se busque un bicho que le haga el trabajo sucio: alguien del corte de Alfonso Guerra o Álvarez Cascos, que conozca como la palma de su mano el terreno áspero en el que tiene que desenvolverse, un killer sin remilgos que sepa fingir complicidades y pisar pescuezos, pero que también esté dispuesto a dejarse algunos pelos en la gatera. Rajoy necesita un bicho capaz de hacer una carnicería entre las bandas rivales que se pretenden enseñorear de su partido; de lo contrario, ya puede darse por muerto. Porque, desde luego, la gente que lo rodea apenas sirve para llevarle flores a la tumba.

viernes, 30 de octubre de 2009

Pollo al ayuntamiento


RECETA DE COCINA:

POLLO AL AYUNTAMIENTO

Ingredientes
Un pollo
Un despacho
Varios chorizos



Preparación
1. Se coge el pollo y póngasele una corbata
2. Colóquesele en el mejor despacho de un ayuntamiento.
3. Rodéesele de unos chorizos frescos.
4. Déjesele a su antojo durante un tiempo.
5. Y el solito se va haciendo rico, rico, rico...

martes, 27 de octubre de 2009

El despilfarro deconstruido


Enrique Calvet en Expansión.


Existen dos verdades compartidas por la “intelligentsia” económica mundial y española: que España necesita como el aire reformas estructurales y que el sector público debe reducir drásticamente su gasto. Sobre el primer tema, produce una extrema languidez volver a citar lo obvio y volver a chocar contra el cortoplacismo de los actores políticos y la anteposición de sus intereses personales al bien común. El patético debate sobre los Presupuesto dejó claro que tal documento ha dejado de ser un instrumento de política económica para ser un instrumento de chalaneo para asegurar un año más de poltronas , normalmente a cambio de concesiones a quién más empeño tiene en desguazar España. Pero, nuestra impecablemente peinada ministra de economía sí dejó una pregunta clave de cara al segundo tema. ¿De dónde se va recortar el gasto pública? O, dicho de otra manera ¿de qué hablamos cuando pretendemos reducir el gasto público?
Uno de los hechos diferenciales de España, con respeto a los países de su entorno económico ( además del megaparo, la megadeuda, etc...) que se suele ignorar, es que nuestra nación ha aumentado vertiginosamente su déficit estructural. El que no atiende a ciclos económicos, sino a las estructuras de la Nación. Deconstruyamos llanamente el gasto público en su conjunto para entender bien lo que nos pasa.
En primer lugar tenemos el gasto evitable derivado de la mala gestión. Son muchos los ejemplos. Una mala decisión en la compra de equipamientos indispensables, una pobre política de selección de funcionarios, una inspección fiscal mejorable, etc... Siempre hemos de exigir la excelencia, pero, sinceramente, no se puede esperar gran ahorro en este campo, ocupe quién ocupe la gestión de gobiernos nacional, regionales o municipales. Sin demagogias, hay que exigir continuamente la mejora, pero no pensar que es la solución radical a nuestro déficit.
En segundo lugar, más grave, está el despilfarro nocivo para el bien común que se deriva de decisiones políticas clientelistas, electoralistas, o, sencillamente, delirantes. Aquí podemos recordar, entre muchas, la subida salarial a los funcionarios en 2009, en plena recesión, o el letal (para el bien común) sistema de financiación de la Cataluña ibérica, ampliable a toda región. Pero también la apertura de embajadas regionales o la financiación de brigadas de inspectores (y delatores) para erradicar el español de los comercios hispanocatalanes. No olvidemos las prescindibles obras faraónicas de Madrid, dejándola como ciudad campeona del endeudamiento, o la construcción de pistas de vuelo sin motor en un pueblo de la Extremadura profunda de 820 habitantes...! Con esos “delirios económicos” hay que acabar. Si bien terminar con esas prácticas tendría aún más réditos morales que económicos, el ahorro en el derroche sería importante. Pero cierto es que nuestro gasto estructural seguiría siendo insostenible.
Y es que queda el meollo. El gasto estructural derivado del sistema en que hemos transformado, los dos últimos decenios y sin fundamento, el orden constitucional que nos dimos en el 78, es un pozo sin fondo irracional. Y lo es por tres caminos. Primero por la simple medida cuantitativa de instituciones improductivas triplicadas, de la creación de centenares de miles de funcionarios duplicados, de la multiplicación de gastos suntuarios. ¿España se puede pagar 17 parlamentos, o profusión de universidades de dudosa calidad, o aeropuertos a medio utilizar? Ya no. Segundo por la reducción al absurdo de las facultades del Estado para aplicar políticas nacionales (justicia, educación, sanidad, política social...) con sus economías de escala y su visión global del bien común. ¿España se puede permitir la fractura de su mercado único en diecisiete o que el Estado no pueda controlar el despilfarro letal y opaco de las regiones? Ya no. Finalmente está el enorme coste de ineficiencia que supone el funcionamiento de administraciones superpuestas, encontradas, sin control ni coordinación, con la multiplicación de intereses politiqueros destructivos. ¿España se puede permitir que ser atendido de un síncope en una región distinta a la de su empadronamiento se convierta en un calvario costoso y larguísimo de papeleo y trámites? ¿Y un juicio? ¿Y la escolarización de su hijo cuando uno es trasladado? Ya no.
Mientras vendimos suelo y con ello pagamos ayuntamientos y grandes negocios cuyos impuestos mantenían el derroche podíamos sostener este modelo irracional y malévolo para el bien común. Pero el espejismo se fue y no volverá. Ya no. Ahora el sistema es insostenible. En ello está la realidad de nuestro despilfarro y en modificarlo está la única solución.
Me barrunto que de los que vivimos el momento de votar la Constitución, una inmensísima mayoría no se imaginaba ni por asomo que acabaría en esto. Es hora de reducir de verdad la sinrazón y el gasto público estructural. Y ello requiere retomar el sistema entero, tal vez con transformaciones constitucionales, tal vez con su simple aplicación sensata. Será mejor que nos pongamos a ello tranquila pero urgentemente, o se impondrá la cruda realidad....¡Y crudamente!

lunes, 26 de octubre de 2009

miércoles, 21 de octubre de 2009

martes, 20 de octubre de 2009

No ganaremos mucho


"Si el PP sustituye al PSOE en dos años pero sigue dependiendo de los nacionalistas, no ganaremos mucho".


ALEJO VIDAL-QUADRAS, eurodiputado del PP.

«Lo peor del mundo son los estúpidos y eso, realmente, no tiene solución»


Entrevista a Arturo Pérez-Reverte en ABC.

http://www.abc.es/20091020/cultura-literatura/perez-reverte-peor-mundo-200910200908.html

sábado, 17 de octubre de 2009

La pregunta del día


En la campaña electoral del 1982, un tenderete ramblero del PSC-PSOE fue quemado por un grupo de independentistas. ¿Podría pasar esto en el 2009?

Nadadores a contracorriente


Juan Manuel de Prada en ABC


Escribía Chesterton que sólo quien nada a contracorriente sabe con certeza que está vivo. Se trata, desde luego, de un ejercicio nada plácido, pues la energía que el nadador a contracorriente emplea en cada brazada no se corresponde con un avance proporcional; y basta con que flojee en su ímpetu para que la tentación del desistimiento haga mella en él. Quien nada a favor de la corriente, en cambio, no tiene que molestarse en bracear; y ni siquiera es preciso que esté vivo, pues la corriente seguiría arrastrándolo como si tal cosa. Las grandes batallas del pensamiento, las conquistas que han ensanchado el horizonte humano, siempre se han librado a contracorriente; y, con frecuencia, quienes se atrevieron a protagonizarlas fueron contemplados por sus contemporáneos como retrógrados, incluso como peligrosos delincuentes. Pero, junto al rechazo o incomprensión de su época, estos pioneros que osaron contrariar el «espíritu de los tiempos» pudieron proclamar con orgullo que estaban vivos; y con su sacrificio irradiaron vida en un mundo acechado por la muerte, convocaron a la vida a quienes por cobardía, por estolidez, por conformidad con las ideas establecidas nadaban a favor de la corriente.
Así debió ocurrir con los primeros patricios que, en la época de máximo esplendor del Imperio Romano, empezaron a manumitir esclavos, como aquel Filemón que, siguiendo las instrucciones de San Pablo, decidió acoger a su esclavo Onésimo como si de un «hermano querido» se tratase. Cuando Filemón manumite a Onésimo, la esclavitud no era tan sólo una institución jurídica plenamente reconocida, auspiciada y protegida por la ley; era también el cimiento de la organización económica romana. Según establecía el derecho de gentes de la época, los esclavos eran individuos que, aun perteneciendo a la especie humana, no eran «personas» en el sentido jurídico de la palabra, sino «bienes» sobre los que sus amos podían ejercer un «derecho» de libre disposición. Los nadadores a contracorriente como Filemón alegaron entonces que, más allá de los preceptos legales, existía un estado de naturaleza que permitía reconocer en cualquier ser humano una dignidad inalienable; y que tal dignidad era previa a su consideración de ciudadano romano. Aquella subversión del sistema legal establecido ponía en peligro el progreso material de Roma; y quienes entonces nadaban a favor de la corriente se emplearon a fondo en el mantenimiento de un orden legal que favorecía sus intereses. Tan a fondo se emplearon que la abolición de la esclavitud aún tardaría muchos siglos en imponerse; y no lo hizo hasta que el ímpetu pionero de nadadores a contracorriente como Filemón propició una metanoia social, un cambio de mente que antepuso ese meollo irrenunciable de humanidad que nos permite distinguir la dignidad inalienable de cualquier persona sobre los indudables beneficios económicos de la esclavitud. Y en el largo camino que condujo a esa conquista muchos Filemones fueron señalados como retrógrados, perseguidos y condenados al ostracismo.
Como ocurriera hace dos mil años a los primeros patricios romanos que empezaron a manumitir esclavos, ocurre hoy a quienes se oponen al aborto. Los nadadores a favor de la corriente los anatemizan y escarnecen, los calumnian presentándolos como detractores de los «derechos de la mujer», los caracterizan como sombríos «retrógrados» que amenazan el progreso social. Pero, como aquellos primeros patricios romanos que reconocieron en cualquier persona una dignidad inalienable, quienes hoy se oponen al aborto no hacen sino velar por ese meollo irrenunciable de humanidad que nos constituye, que nos permite reconocer como miembro de la familia humana a quien aún no tiene voz para proclamarlo, que nos impone proteger la vida gestante, la más desvalida e inerme, como garantía de nuestra propia supervivencia moral, para que no nos ocurra lo que Marcel Proust denunciaba, al describir el clima de corrupción en el que se desenvolvían sus personajes: «Desde hacía tiempo ya no se daban cuenta de lo que podía tener de moral o inmoral la vida que llevaban, porque era la de su ambiente. Nuestra época, para quien lea su historia dentro de dos mil años, parecerá que hubiese hundido estas conciencias tiernas y puras en un ambiente vital que se mostrará entonces como monstruosamente pernicioso y donde, sin embargo, ellas se encontraban a gusto».
El día en que nos encontremos a gusto en un ambiente vital que consagra el aborto como «derecho» habremos dejado de merecer el calificativo de humanos; porque simplemente habremos dimitido de la razón, que es -según nos enseñaba Aristóteles- capacidad de discernimiento sobre lo que es justo y lo que es injusto. Y cuando el hombre se desprende de la razón es como cuando las ramas se desprenden del árbol, que no les aguarda otro destino sino amustiarse. Cuando el aborto se acepta como una conquista de la libertad o del progreso, cuando se niega o restringe el derecho a la vida de las generaciones venideras, nuestra propia condición humana se debilita hasta perecer; y entonces nos convertimos, irrevocablemente, en esos nadadores a favor de la corriente que, sin advertirlo, aceptan su propia muerte con tal de no bracear. Porque muertos están quienes por cobardía, por estolidez, por conformidad con las ideas establecidas defienden el aborto; y también quienes con su silencio o indiferencia lo amparan, quienes con su anuencia sorda respiran sus miasmas, fingiendo que no les contagian.
A los soldados aliados que, en su avance hacia Berlín, liberaban los campos de concentración donde durante años se habían hacinado prisioneros famélicos, puras radiografías de hombre despojadas de su dignidad, no les estremecía tanto el espectáculo dantesco que se desplegaba ante sus ojos como la pretendida ignorancia de los lugareños vecinos, que habían visto llegar trenes abarrotados de presos al apeadero de su pueblo, que habían visto humear las chimeneas de los hornos crematorios, que habían visto descender la ceniza de los cadáveres incinerados sobre sus tierras de labranza y, sin embargo, habían fingido no enterarse de lo que estaba sucediendo ante sus narices. Con esta nueva forma de holocausto que es el aborto ocurre lo mismo: llegará el día en que las generaciones venideras, al asomarse a los cementerios del aborto, se estremezcan de horror, como hoy nos estremecemos ante las matanzas que ampararon los totalitarismos de hace un siglo (sólo que, para entonces, las cifras del aborto serán mucho más abultadas, vertiginosas de tan abultadas); pero se estremecerán, sobre todo, ante la complicidad tácita de una sociedad que, dimitiendo de su humanidad, prefirió volver el rostro hacia otro lado cuando se trataba de defender la vida más inerme, que incluso aceptó el aborto como un instrumento benéfico, entronizándolo en la categoría de «derecho». A esas generaciones futuras les consolará, sin embargo, saber que, mientras muchos de sus antepasados renegaba de su condición humana, acatando la barbarie y bendiciéndola legalmente, hubo unos cientos de miles de españoles que el sábado 17 de octubre de 2009 salieron a la calle para gritarle a una sociedad que yacía agusanada en la tumba: «Levántate y anda». Y, agradecidos, comprobarán que, con su gustoso sacrificio de nadadores a contracorriente, aquellos cientos de miles de españoles irradiaron vida en un mundo acechado por la muerte.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Corruptio optimi pesima.


"Corruptio optimi pesima", dice el adagio. La peor corrupción es la de los mejores. La de los presuntos mejores, por supuesto.